martes, 20 de abril de 2010

London Calling 2

Después de dormir en unas cómodas camas inglesas y de taparnos con abrigados edredones escoceses, la segunda mañana en Londres empezó. Un desayuno improvisado y un mapa en la mano fue más que suficiente para llenarnos la panza y la mente. Una vez más caminamos hasta Earls Court Station. Nuestro objetivo era el arte y la historia, especialmente los tesoros del antiguo Egipto. Lo bueno de Europa es que no hace falta volar demasiadas horas para ver los grandes tesoros de la humanidad, y en este caso alcanzó con un par de estaciones hasta el British Museum.

Una de las ventajas que Londres trajo a nuestros bolsillos (tal vez la única) fue la confirmación de que la entrada es gratuita. Estamos frente a una entrada pequeña y poco majestuosa, no hay mucha gente y tememos por la hora de cierre. Sin emgargo, en seguida nos relajamos: un afroameriano que hacía las veces de hombre de seguridad nos explicó que las el british cerraba a las ocho y media. También supo indicarnos cómo acceder rápidamente al sector egipcio, luego nos repartió unos folletos poco interesantes y allá fuimos. El museo británico es uno de los más completos y elogiados del viejo continente aunque esté lleno de objetos saqueados, robador, birlados. La sala egipcia es la gran atracción. Chicos y grandes se quedan momificados antes las momias. Son muchas y todas son hermosas (las momias). Apenas una caja de cristal separa el milenario pasado de nuestro inmaterial presente, las manos de muchos se deslizan por el vidrio intentando alcanzarlas, en vano. Entre la docena de sarcófagos está el de Cleopatra, el cual suponemos contiene su cuerpo. Nos sentimos maravillados. Nos gusta batante más que el tema de "Las viudas...". Le sacamos unas fotos para recordar el momento.

Seguimos camino a través del espacioso museo, que está dividido y diagramado como los viejos museos de la década del '70. Es agradable caminarlo y por un momento coincidimos con Vero en que es bastante más ameno que los incontables/insondables metros del Louvre.
Con Martín tuvimos el desliz de pensar que la puerta por donde habíamos entrado era la principal, pero aquella teoría rápidamente quedó en la nada: al girar en una sala nos encontramos con un techo vidriado y hermoso. Es la gran entrada al museo y nuestra gran salida. El lugar es espléndido, brilla por todos lados y tiene las dimensiones que uno podría esperar para un lugar como éste. Hacemos algunos chistes entre los tres y caminamos sin rumbo pero con decisión. Vero quiere hacerse la foto con la cabina de teléfonos y nosotros se la producimos. Intentamos engañarla y salir corriendo para dejarla sola: la idea no prospera, una sirena en la lejanía le prende la lamparita a Martín "che, no pensarán que la estamos afanando, no?" Ufa. Se termina el chiste y la foto.

Waterloo Station. Un mundo de gente se mueve en sentidos insólitos. Miro a todos lados, en todos lados gente que mira y camina. Camino y miro. Hay personas en todos los rincones, hasta en los techos unos cuatro o cinco delirantes limpian los techos. Coraje de altura. Salimos y decidimos hacer una larga caminata por la ribera del Támesis. De a poco llega la hora del almuerzo y nuestros estómagos nos hablan en todos los idiomas posibles. Tomamos un bus doble piso, hacemos unas cuantas cuadras y bajamos en algún punto que ahora no podría especificar. Durante el viaje, Martín se ufanó de una virtud que él ha denominado "memoria fotográfica". Debo admitir que le ha fallado bastante, pero en su 'prueba - error' ha dado con los lugares a los que nos había prometido llevar. No es un buen guía, pero es un gran compañero de viaje. Decía que íbamos en una dirección que no recuerdo y por suerte no es lo importante de la historia. Lo realmente interesante fue que el joven Sassone encontró de casualidad un mercado del que venía hablando desde hacía largo rato. Estaba a la vuelta de la esquina y cuando lo vimos supimos que nuestro almuerzo estaba resuelto.

Welcome to the magnificent Burough Market.

Piso la vereda y mojo mis zapatillas todo terreno. Un poco de agua entra por la tela y empapa mis medias. Debería preocuparme pero como creo en las buenas vibraciones, rápidamente mi mente funciona como un secador innato. El mercado exhuda olores de todo tipo: pollos que se deshacen en caldos, sopas que burbujean en ollas de campamento, guisos que lanzan señales de humo mientras una mano hábil los revuelve en sartenes enormes. Hay humo en todos lados y mis ojos parecen lagrimear. Smoke gets into your eyes.
Este lugar es una locura: probamos un poco de todo, compramos lo que nos alucina y degustamos de a dos manos. Primero un poco de sopa, luego un guiso espectacular con frutos de mar, papines sin pelar y arroz apelmazado tipo chino pero no tanto. Luego un espectacular stand nos recibe con diez o doce variedades de aceitunas. Martín se abalanza, compra un bol y las come con inusitada velocidad: tengo miedo por él, parece estar en un estado de insania total. Junto a las aceitunas, otro stand llama nuestra atención: el de los quesos. Un joven inglés, simpático y carismático, nos hace probar un reggianito picante y adictivo, pero luego nos acerca otro plato que nos vuelve aún más locos: es un queso duro con consistencia y sabor tipo parmesano pero con pequeños pedazos crocantes de algo que parece miel. Es una demencia total que me vuelva el bocho. Compro inmediatamente los 100 gramos correspondientes y los tres, como dos buenas ratas y una ardilla, saboreamos los pedacitos agarrándolos con las manitos y despedazándolos con las paletas bien afiladas. "Es un escándalo". "Sí". "Es una locura". "Lo es". "Tengo sed, dame más...".

El mercado no se detiene y avanza por debajo de las vías del ferrocarril. Nos adentramos y encontramos otra delicia gourmet: hamburguesas vegetarianas. Otro desquicio, otra compra. Esta vez, damos con el local más pedido, nos toca hacer una cola más o menos larga pero los dos chicos a cargo de la cocina y la atención son rápidos, metódicos, astutos e inquietos. Van y vienen y en un dos por tres nuestras manos sostienen el tesoro. Qué locura el pan, el relleno, la hamburguesa. Creo que no hablamos hasta el último bocado. Seguimos haciendo pie, haciéndonos paso por entre la gente y los puestos. Llegamos a una especie de salida pero unos carteles con dedos como flecha nos anuncian que hay más. Y había más.

El mercado es realmente bonito y colorido y hay de todo. En una segunda zona los puestos están más separados y la gente tiene un poco más de lugar para moverse. Hay más comida, nosotros decimos basta y salimos en busca de algún nuevo destino. Veremos si lo encontramos merced a nuestros sentidos o a la "memoria fotográfica".



viernes, 9 de abril de 2010

London Calling

1.
El tren atraviesa la distancia en el tiempo en que nosotros tardamos en ver una película. Zumba, el tren. Zumba, el sonido del viento golpeando contra los ventanales reforzados. La campiña francesa queda atrás a 240 kilometros por hora. Es rápida y corta la campiña. ¿O somos nosotros, meteoritos terrestres que cruzamos de un país a otro? En este viaje hay un túnel. Un túnel subfluvial y muchos miles de millones de agua haciendo presión. Nosotros estamos entrenados para esto, para soportar la presión, y no sentimos nada, nada.
En mis auriculares, Bob Marley canta "Bad boys, bad boys... what you gonna do, what you goona do when they come from you..." , justo cuando la oscuridad es total y la velocidad, suponemos, también. De pronto, luz de nuevo, pero ahora el sabor de la crepe queda atrás y todo se saborea en otro idioma, and mind the gap. Lllegamos a Londres. Todo esto fue rápido rápido y sin dolor. Llegamos a Londres y fue por cesárea.

Una o dos o doscientas nubes corren en el cielo, el sol hace lo que puede y cuenta su historia insinuando sus eróticos rayos; pero luego otra nube, y entonces el ciclo del clima se transforma en una constante película que sucede en el cielo y se siente en el cuerpo. De todo lo que vimos hasta ahora de Londres, lo más absurdo y desconsiderado con el ser humano es el clima de esta ciudad.

2.
Underground. O subte, como quieran. Pero se dice underground o tube y vamos a respetarlo porque ésta ingeniería perfecta y magnífica que corre por debajo de las calles y las avenidas y el Palacio de Buckingham merece respect. El underground de esta ciudad no tiene tantas líneas ni tantos kilómetros como el Metro de París, pero para que se den una idea, si arriba se vive Londres, aquí debajo se encuentra el corazón, y late de a un minuto por vez, cada vez que un tren llega a una estación.
El imperio británico ha construido buena parte de su historia sobre rieles. Han sido precursores y verdaderos genios en la diagramación y perfeccionamiento de esta manera de viajar, y cierto es que las terminales que estamos acostumbrados a ver en Buenos Aires (Retiro, Constitución...) son un reflejo un tanto desteñido y deteriorado de las terminales inglesas. De hecho, son iguales. Lo que cambia es el contenido, y eso es inmanejable. Aquí todos tomamos el tube: el inglés de traje costoso y perfume dulce; la ama de casa gordita y rechoncha, algo rosa por el calor subterráneo; el estudiante con su mp3, la tímida rubia de aspecto suizo con su mp3, el abuelo de anteojos y diario en mano; los turistas, los empleados, los delincuentes, los turcos, los marroquíes, los hindúes, los mexicanos, los ecuatorianos, los fraceneses y rusos, los españoles, la familia de españoles, el grupo de españoles, el contingente de estudiantes españoles, y Martín y Vero y yo. Todos.
Es brillante y estremecedor sentir y vivir la puntualidad y la calidad. Es inspirador el clima etéreo de aquí debajo; porque arriba... Arriba es otra historia.
Salimos a la calle y la lluvia nos recibe y nos despide a la otra cuadra. Sale el sol. Hace frío y entonces el sol se enoja y se va. Ahora está nublado y no llueve. Pero amenaza. Sale el sol. Ahora sobreviene un aguacero de magnitudes tropicales. Mejor, meterse en un pub y probar una cerveza bien tirada. Lo hacemos, nos sentamos y alguien nos atiende. Tardamos entre todo.... cinco minutos. Afuera, sale el sol: llegó la primavera.
Frente a la demencia del clima, la coherencia inglesa abruma. Aquí, a las seis de la tarde el trabajo pasa a mejor vida: los locales cierran, los empleados salen en masa y, lejos de ocultarse en sus tristes casas, van al pub. Y cuando digo van al pub... van al pub. Cientos de hombres y mujeres se tumban hasta las once de la noche en una charla a gritos que tiene básicamente tres condimentos: la cerveza, la risa y el sentirse entre amigos. Díganme si no es vivir eso... A ver, reto a duelo a quién sugiera una idea mejor: colgar los botines a media tarde y olvidarse de todo hasta que una campana seca y ruidosa anuncia, diez minutos antes de las once, que hay una ronda más para comprar antes de que todo finalmente se acabe y entonces, sí: a casa a bañarse, ponerse el pijama y mirar un poco de Mr. Bean.
Es ideal.
Estamos ahora en el Soho londinense. Martín trata todavía de entender como un teatro antológico dedicado a recitales, y que él mismo pisó para ver a uno de sus bluesman, desapareció. Mejor dicho: una gran estructura recubre la zona y toda el lugar es una obra en construcción. Se pregunta y se repregunta. ¿Cómo puede ser que hayan tirado abajo este lugar? ¡Cómo! ¿Por qué? No hay lágrimas, pero casi. Hay dolor. Hay tristeza y recuerdos. Pienso en mandar una carta a la Real Academia Española y proponer una nueva palabra para incluirla en el Diccionario: Martinizar

Estamos en el Soho, decía. Algunos tienen frío; yo, como siempre, no. Entramos a un pub. Tomamos. Salimos. Entramos a otro. Tomamos. Salimos. Estamos de rotation, y es jueves. Para la cena, un restó chino con chinos de verdad. Martín y yo pedimos juntos. Vero elige otro plato y espera. Llega una sopa: la deleitamos. Llegan los platos, los devoramos. Llega la cuenta, nos vamos.
Picadilly explota en luces, y nosotros estamos satisfechos por hoy. Fue la primera noche y ya casi empieza un nuevo día. Estamos lejos de nuestro departamento pero no importa. La ciudad está viva, respira el constante ruido de las grandes ciudades. Debajo hay un corazón latiendo. Debajo, hay un corazón esperando por llevarnos a casa.


miércoles, 7 de abril de 2010

Así es París

Vero me dijo que tenía que colgar algo en el blog sobre la ciudad en sí misma. Tiene razón. El problema es cómo. Digo, sí, claro, tengo idea de cómo llevarlo a cabo, el problema es por dónde empezar. París tiene tanto y es tan vasta en todos lo sentidos imaginables, que cualquier cosa que diga seguramente estará fundada y escrita en otro lado, en otros cientos de lados. Pero bueno, al fin y al cabo éste es nuestro blog y al menos nos ufanamos de no hacer copy-paste.
Para decirlo en una frase, París es exagerada. Y esto lo incluye todo. Es exagerada la torre, con sus 324 metros y sus cientos de miles de visitas, los millones que recauda y las miles de lucen que la alumbran. El Louvre es una exageración, con sus esculturas, y sus cuadros y sus documentos, y sus fotos y sus pasillos y recovecos palaciegos. El Louvre es el museo de los museos, el museo por excelencia. El Louvre, digamoslo, exagerado.
Es exagerado el Sena. Caudaloso y soberbio, exageradamente frío, peligroso y embustero. Es exagerado, sí. Hasta el tamaño de los barcos y cruceros que lo navegan es una exageración. Ampulosos y elitistas, vidriados y visión 360, con capacidades para cientos, miles, quién sabe. Son exageradas sus catedrales: Notre Dame y Sacre Coeur. Saint Chapelle y la Sorbone. Ampulosas, desmesuradas, todopoderosas, sacrosantas, pecadoras.
París es el colmo de la exageración. Sus edificios son tan exagerados que se cuentan de a pares. Fíjense en los dibujos de los campos de marzo, en la simetría de sus avenidas, en las diagonales que se cruzan y entrecruzan, las curvas de las calles, las contracurvas de las cortadas. Francia sufre algún tipo de obsesión histórica con la simetría, donde hay un monumento significativo, enfrente hay otro igual. Pasa con el diseño de los parques, pasa con la edificación de todos los grandes palacios. Pasa con todo. Y es exagerado.
Su gente también es exagerada: reacios a hablar otro idioma que no sea el propio, arrogantes y ventajeros. Y finalmente, nosotros: los turistas. El colmo de la exageración. El clímax y el deleite de las agencia de viaje, los turistas en París. Somos tantos, somos tantos como los parisinos, y somos más obtusos y curiosos, poco educados y gritones, somos exageradamente fotógrafos y fotografiados. Somos turistas y exageramos todo lo que vemos, como si aquello fuera de otro planeta... Aunque, claro, como dice Vero: "tenés que escribir algo de la ciudad". Y no sé, no sé, es todo tan exagerado que tengo miedo de que este texto sea lo tediosamente exagerado como para no lograr lo que quiero.
Paris nos dejó maravillados en todos los aspectos, nos sacó el aire. Nos ahogó y nos dio de comer. París encontró en nuestros ojos la maravilla que faltaba ser mirada. Londres está en nuestro horizonte. Se eleva allá, sin querer imaginarla pero deseandola. Deseando también que cada nuevo dia sea como los últimos cuatro: una verdader exageración.

viernes, 2 de abril de 2010

Un museo, toda la historia

El museo del Louvre tiene un encanto particular: ese magnífico edificio es en realidad un palacio que fue construido sobre otro que fue derrumbado. Yo no sé ustedes, pero eso es lo que yo llamo ‘pisar fuerte’. Y como los reyes franceses siempre fueron bien porongas, ahí va: “Tirame el castillo que te construyo otro arriba… y dale que va, dale y dale…” Qué grosos, che…
Bien, convengamos que todo esto es una exageración total. Es una desmesura tan absurda que no hay palabras para describirlo, por lo tanto hay que mirarlo hasta que te de asco. El problema es, vamos, que jamás sobreviene el asco y lo único que queda en la boca es un sabor dulce y aromático.
Como los perfumes franceses, pero más barato.
Napoleón, que no era ningún gilipollas, vivió sus buenos años en una parte de este palacio, y a pesar de que ahora esa ala está cerrada por refacciones, todo lo demás es una demostración de que si hay algo que sobra en este lugar es opulencia y magnificencia.
El museo está dividido en cuatro alas. Dos de ellas son de público acceso (la entrada general cuesta 9,50 euros; y no hay descuentos para estudiantes extranjeros ni menores de 25) y contienen las obras más populares; es decir La Gioconda, La Venus de Milo, las bodas de Caná (un mural impresionante!!) y otras obras de tipos con virtudes sobrehumanas que dejaron en el devenir de la historia imágenes sobrecogedoras de sus creencias y vivencias.
Otra de las alas conecta con la zona comercial El carrousel del Louvre. Allí está la famosa pirámide invertida (sí leíste el Código Da Vinci sabés de lo que hablo…) y una serie de locales muy lindos y turísticos, excepto por uno en especial que se lleva todas las miradas y vale la pena resaltar: el de Apple. Todas las mac, todos los iphone, imac, itablet, imás y más y más que te puedas imaginar. Con Vero nos volvimos locos y nos sacamos las ganas y de navegar gratis y a toda prisa. Chequeamos mails y escribimos en facebook. Aproveché y busqué cómo llegar a un lugar que elegí para nuestra última noche en París: se trata de un bar de jazz y de blues que justo presenta un homenaje a los Blues Brothers. Veremos, veremos…
Pero me fui a lo comercial sin pasar por el arte… perdón. Vuelvo entonces: el museo contiene tantas obras y esculturas y lienzos, y pedazos de cultura de Egipto, Roma, los etruscos, Asia, Oceanía, América Central, América del Sur y Africa que una y otra vez surge la duda acerca de por qué todos esos elementos que hacen a la cultura de un pueblo, un país o una región no están en el lugar que les corresponde estar. El debate es eterno; el que dice que no deberían estar allí, tiene a otro que le retruca y le sugiere que si no estuviera la esfinge egipcia del siglo V antes de Cristo expuesta en el ala Richelieu del Louvre, a esta altura de la humanidad sería pura piedra. Puede que sí, puede que no: también vale aquel que dice que ‘bueno, que ya está bien, que ya lo rescataron de la barbarie y que mejor que lo devuelvan ahora que nunca’. Discusión eterna, pero más vale continuarla así: sin resolver. Total, al Louvre por cada pieza le entra 9,50 euros por persona a una velocidad y con un caudal espeluznante. Clink, caja!
Vero y yo quedamos abombados de tanto arte. Y tampoco que fuéramos idiotas, ni tanto. Muchas otras personas reposaban, dormían y cerraban sus ojitos sentados en alguna silla o sillón o simplemente en una esquina. El Louvre te torra, no por aburrido pero sí por excesivo.
Después de bruta panzada de arte, teníamos hambre. Decidimos salir del museo, caminar un poco por la ribera del Sena, cruzar al otro lado por el Pont Neuf y enfilar hacia algún lugar que nos diera algo para comer a un precio digerible.
Conseguimos casi todo: encontramos el lugar, la comida, la bebida y… el precio hasta ahí… Fueron 20 euros, tampoco la pavada, pero por esa plata (razonamos después) podríamos haber aprovechado todavía más las opciones gastronómicas que ofrece la ciudad. Diría que nos dejamos llevar más por nuestro estómago que por nuestra inteligencia. Pero eso, no nos pasará de nuevo (hasta hubo juramento!)
Ah! Me olvidaba de una anécdota brillante. En uno de los tantos viajes que hicimos en subte, creo que incluso fue el primer día, decidimos bajarnos una estación antes y caminar hasta el hostel. Esa estación era Bastille, y se llama así porque en la superficie se levanta, imponente, el monumento a la Bastilla, que, como ustedes recordarán, es el emblema de la patria grande de Francia. Libertad, igualdad y fraternidad… Ese lema y la bastilla están íntimamente ligados. Y ese lugar es, además, el sitio elegido por los parisinos para hacerse escuchar. Qué tal que salimos al asfalto y se festejaba el “No Sarkozy Day”. Un simpático rejunte de francesitos de todos los colores y aspectos. Había gente naif, formales de traje y perfume, mujeres con la bolsa de las compras y el changuito, turistas como nosotros, jóvenes darks vestidos de negro y con parafernalias de muchos colores y metales y cosas colgando de sus cuerpos, que movían su cabeza a un ritmo frenético como si trataran de que la única neurona viva que llevan dentro les hiciera sonar el cerebro como sonajero. También había otro tanto de extras pero ahora no los recuerdo. El caso es que había como tres o cuatro acoplados con ventana donde se disponían distintos tipos de eventos para, básicamente, repudiar al tal Nicolás (presidente de La France, amante empedernido, esposo y cornudo todo a la vez de la ex cantante y botinera musical de lujo Carla Bruni, que está tan buena como una crepe) apuro canto. Pero mientras unos rapeaban y mezclaban con bandejas y computadoras, otros usaban máscaras grotescas de Sarkozy, o vendían postales insultándolo o simplemente tomaban cerveza. La mayoría llevaba calcos o remeras alusivas al 27 de marzo, el No Sarkozy Day. De más está decir que por un instante traspolé esta situación a mi querido país y no sé por qué rápidamente lo anulé de mi cabeza. Tuve miedo, lo digo así, de pensar que semejante acto fuera “en el mundo virtual” un acto golpista de Clarín.
Mejor, nos quedamos en París. Au revoir

París, lluvia y amor

¿¡Qué podría decir de París que todavía no se haya dicho?! Qué adjetivos puedo esbozar que sean originales, que den una mirada distinta, una perspectiva diferente de una ciudad que lo tiene todo, y justamente por eso es desmesurada y grandilocuente, egocéntrica y subterránea, difícil y egoísta, todo a la vez.
Llueve en París, y son lágrimas las que caen del cielo. Son señales de los dioses que tienen envidia, son signos de que esto que nos rodea es –fue y será- una creación humana con destellos divinos. Y los de arriba se quejan. Y con razón.
Llegamos a París con el cielo cambiado. Bélgica nos despidió con sol pero en la frontera con París todo se dio vuelta. Costó llegar al hostel. Ya no tanto por esta loca idea loca de ubicarse en el mundo; costó porque el cuerpo de Vero (y el mío también) da señales de carencia de ejercicio, o al menos no el suficiente. Se siente en la planta de los pies y se sienten en nuestras espaldas el peso de los kilómetros caminados y las vueltas sin rumbo a cualquier lado. Se nos pasa al despertar, pero como el sol, aunque no lo veamos el cansancio… siempre está.
Sin embargo, nada nos detiene. Caminar por Europa es, ya lo dijimos, un deleite y una necesidad imperiosa. Hay que caminar por estas calles y escuchar a su gente, mirarla actuar, someterla a juicio sin veredicto y entender el enigma que encierran estas paredes gigantes y ornamentadas. Hay que saber de Francia, por ejemplo. Saber de sus guerras y sus conquistas, de sus hombres grandes, de sus miserables hombres grandes, y de sus próceres y sabandijas. Hay que percibirlos en la piel, imaginar por un segundo que se puede viajar en el tiempo y entonces el palacio de Louvre está a medio hacer, la torre a medio construir, el Sena a medio encausar. Hay que hacerlo para entenderlo. Y así y todo, al final volver a pensar porqué estamos acá. Por qué creemos que este viaje es mucho más que bellos paisajes y lindas vistas.
Les decía que la lluvia había sido el signo de la llegada, y de alguna manera iba a marcar el pulso de nuestra estadía en este lugar. Fue una primera noche excitante. Vero volvió a quedarse con la boca abierta, yo volví a intentar cerrársela pero con una diferencia: esta vez, yo quería también que ella cerrara la mía.
Dimos unas vueltas tremendas, los pies nos latieron buena parte del camino pero al final de aquella travesía, al volver de esa larga caminata, la alegría que sentíamos era todo lo que necesitábamos para desayunar a la mañana siguiente.
Antes de hablar de lo que sigue, debería primero hacer un apartado sobre el Bastille Hostel. La historia de este lugar es como cualquier otra: durante buena parte del año pasado buscamos lugares para hospedarnos, con el requerimiento de que fueran baratos, bien ubicados y con baño y ducha en la habitación. El Bastille reúne todo eso y por eso después de algunas consultas entre nosotros terminamos cerrando con este lugar.
Ubicación: el hostel está a sólo tres cuadras de la estación de metro Ledru-Rollin. Esa estación pertenece a la línea 8 de la red de metro de París. Este es un dato vital, porque el metro en esta ciudad tiene 14 líneas… Para los que llegan en tren a Paris Nord es muy sencillo: se toman el metro línea 1 en la estación y buscan el punto de cruce con la línea 8. Luego se bajan en la estación indicada y salen a la luz. Debo admitir que apenas salimos del metro con Vero me ubiqué rápidamente. Con esto no quiero decir que yo sea “el genio del GPS” ni mucho menos, pero como en la previa estaba muy ansioso se me ocurrió buscar en Google Street la dirección del hostel. Y oh! maravilla, aparece tal cual está hoy. Así que además de ver el frente del hotel, memoricé algunos locales, el café de la esquina, la plaza de la vuelta…en fin. Lo que se dice trabajo de investigación. Por mucho que digan, al hostel lo encontré en un periquete (ja, qué ganas tenía de escribir “periquete”)
Los recepcionistas del hostel son buena gente pero no saben mucho inglés y mucho menos español. Se entiende lo que dicen, pero guarda con preguntarles direcciones o recomendaciones o “cómo llegar a…”. Puede que terminen en otro país. Con respecto a la habitación, no hay quejas por el momento. Es relativamente amplia, tiene las camas en formato “marinera” y el baño, la ducha y el lavatorio está todo junto –bien francés, voilá- pero asequible y ordenado. Recomendación: ojo con bañarse demasiado tiempo; a Vero le pasó que se fue de mambo y casi se inunda el hotel. Buena parte de la habitación se llenó de agua y tuve que correr para que algunas cosas se salvaran de mojarse. No fue mucho, pero fue. Vero, con su ironía típica deslizó: “Y bueno, che… A los franceses no les gusta bañarse mucho rato… A mí, sí”. Ja, mirenlá…
El segundo día en París fue arriba, no tan arriba como el tercero, pero bien arriba. Nos levantamos temprano el domingo a la mañana y nos fuimos directo a Montmatre. Cielo gris nuevamente, lluvia nuevamente, subte nuevamente, voces en todos los idiomas y gente nuevamente, muchedumbre en Sacre Croeur y otra fiel demostración del estado “unplugged” en el que vivimos.
-Vero, qué pasa… cuánta gente…
-Sí, por qué será…
Será qué será, era Domingo de Ramos. Y nosotros, ni enterados.
Cuando caímos en la cuenta de todo, los olivos abundaban, el incienso se sentía en toda la iglesia y la gente emanaba de cualquier lado. Creo que hasta una estatua insultó a una española que, desubicada como pocas, hablaba a un nivel espectacular, como si estuviera en el Pachá de Ibiza. Dicho sea de paso: en esta iglesia hay pequeños hombrecitos que caminan y callan a la gente y le piden –también a gritos, lo que concluye en una incongruencia al pedir ‘respeto y silencio’- que por favor no saquen fotos de ninguna clase: ni con flash, sin flash, con exposición, sin exposición, con gran angular, con ojo de pez…nada. Ni una foto a los santitos. ¿Quieren fotos? Pasen por la santería que hay un montón.
Mientras mirábamos a estos “oompa loompa” de la fábrica de hacer fe, caminamos alrededor de la basílica admirando lo que había alrededor. Una vez más, la maravilla abrumadora de la iglesia sucumbe al hombre y lo deja sin palabras. Tal vez por eso la historia habla de silencio y penitencia… No me voy a poner a hablar ahora de religión, por favor no. Pero tengo mis ideas… Ojo, que las tengo y en cualquier momento las zampo en el blog… chaarán!
Dejamos la iglesia y sacamos fotos entre los paraguas, la multitud y la lluvia. No fueron buenas excepto las que Vero sale en primer plano. Después, bajamos y caminamos hasta otra estación de metro porque ya sabíamos qué íbamos a hacer a continuación.
Nuestro próximo destino: el Louvre.

Brujas encantador

Es prácticamente inevitable empezar este diario de viajes sin hablar primero de la naturaleza… Ja! Me refiero al clima que acompaña nuestro viaje. Ayer cuando tomamos el tren desde Amsterdam a Brujas, sabíamos que la cosa no iba a estar fácil. El cielo gris, plomizo, y la ventisca de la mañana holandesa nos anticipaban algo de frío para más tarde. Sin embargo, Bélgica decidió cambiar el rumbo de esa historia.
Llegando a Brujas, algo dormidos, algo palmados, una leve esperanza de sol se asomó por entre medio de dos nubes caprichosas. Desde la estación, un colectivo nos dejó a tres cuadras del hostel. El Bauhaus es un hostel que está formando su imagen de “buen hostel” en toda europa. Tiene varias sedes y este mes abrían en Praga un espacio nuevo. El de Brujas está en refacción. Lo están acondicionando estos días para que llegue al verano listo para ser usado a pleno. Los carpinteros trabajan a pleno y llegar a la habitación requiere de cierta destreza; fíjense que hay que esquivar baldes de cemento, latas de pinturas y algún que otro martillo en medio de paredes que tienen carteles de “Recién Pintado”. Todo eso, con las mochilas a cuestas. Se requiere, ciertamente, algo de destreza.
La habitación nada tiene que ver con la obra en construcción. Un cómodo espacio con dos camas acogedoras, sábanas y frazadas bien abrigadas y un lavatorio con espejo lo suficientemente grande para que Vero se mire un rato… un rato largo… un rato larguísimo… “bueno, verito, vamos para la calle?”, le dije y cayó en cuenta de que afuera había otras cosas lindas también.
Y Brujas… Brujas es realmente espectacular. Creo que el viaje vale sólo para ver la torre Belfry. Es una torre construida (escuche bien, lea bien…) en 1240, y es impactante por dónde la miren. Pero además se ve desde cualquier lugar de la ciudad, así que sirve además como referencia espacial si uno está perdido y no tiene un mapa, gps o alguien avezo con el idioma como para preguntar a un local. Por supuesto que tiene más atracciones: la iglesia donde se supone está la sangre de cristo, infinidad de museos, etc. La ciudad es muy amigable, tiene barcitos cada dos pasos, cafecitos de vereda, pubs de cerveza y buena música, muchos jóvenes. Brujas es un lugar tan distinto a Amsterdam en cuanto a su ritmo de vida, que pasar del rock and roll al vals fue algo brusco pero definitivamente necesario. Vero está enloquecida, esa boca no se cierra nunca: la mantiene abierta en una posición de “no lo puedo creer” que, bueno, no deja de ser obvio (porque a mí también me pasa) pero además es divertido.
Pasamos el día caminando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar al primer lugar adónde habíamos confesado la total desorientación. Tomamos un bote que nos llevó por los canales, recorrió buena parte de ellos y nos dio la clave para llegar hasta el minewatter. El “lago del amor” es genial, es un reducido espejo de agua, lleno de patos y de cisnes, rodeado de árboles sabiondos y frágiles. Paz continua. Silencio absoluto.
Fue genial ver caer la tarde allí.
Volvimos al hostel. Yo decidí bañarme y Vero aprovechó para sacarle un poco más de lustre al espejo. Luego, la hora de la cerveza. Bajamos con la netbook hasta el pub del hostel, intentamos en vano conectarnos a la red, pero al menos aprovechamos para escribir y seguir llenando nuestro formulario contable de cómo van las cuentas del viaje. Tomamos, una, dos, tres cervecitas y volvimos a la calle; esta vez, casi decididos a dejar pasar la hora hasta que el estómago nos recomendara sentarnos a probar bocado. Pasaron algunas horas, y el estómago llamó. Y llamó con todo, apurado y con retorcijones.
Antes, durante la tarde, Vero había visto y calado un lugar al borde de un canal. Su nombre, Punta Est, y teníamos una referencia clara: “A la altura del número 17 de la calle Langerstraat, doblamos a la derecha y voilá…”
Dicho así, suena fácil. Pero vayan ustedes y búsquense la callecita a ver si la encuentran más rápido que nosotros. El problema no fueron las tres cervecitas de antes, ni nada por el estilo. El problema fue que salimos sin mapa y las calles tienen de esta ciudad tienen la milenaria costumbre de no ser rectas; no. Curvas y contracurvas, calles secretas y cortadas diminutas, diagonales para acá, para allá, otra más que llega y aunque estemos en la plaza principal y nos ubiquemos, igual cometemos pasos en falso y agarramos para el otro lado. A todo esto, nuestros estómagos nos exigían la ingesta inmediata de algún elemento sólido… Fue duro, en serio, pero finalmente Punta Est apareció. No apareció como nosotros pensábamos, doblamos una esquina y… voilá! Ahí estaba… pero no fue tan sencillo.
Lo bueno de encontrar un lugar es que, además, esté bueno. Y Punta est nos sorprendió. Comimos unos bocaditos de muzzarella, unas tostadas con pasta de ajo y tomatitos excelentemente condimentados. Luego llegó un omelette de jamón y queso tamaño XXL, con ensaladita ad hoc. Todo bonito, todo cool, todo embrujado.
Esta mañana salimos muy temprano de la ciudad. A las siete y media el tren ya había partido para nuestro próximo destino. Ahora estamos llegando a París y acá sí, permitanlé decirles, no sé qué va a pasar con esa boca abierta de Verito. Tengo miedo de que se le caiga toda la mandíbula. Por las dudas de a ratos le sostengo con mi mano derecha la pera y me aseguro que esté ahí.
Por ahora, todo está bien.

viernes, 26 de marzo de 2010

Amsterdam en tres tiempos


Como ciudad movediza y traviesa que es, Amsterdam vive a tres tiempos. Podría decirse que el primer tiempo oscila éntrelas tres de la madrugada y las diez de la mañana. En esas horas aciagas, la ciudad duerme lo poco que puede y se acicala para lo que sigue. Hay una leve brisa que corre entre los canales y las calles cuando la noche deja de ser noche y la madrugada cobra protagonismo. En algún lugar de la ciudad, las voces ya no son gritos, son bostezos. En alguna esquina una muchedumbre se disipa y se hace neblina. En algún puente una pareja de enamorados se evapora y queda el perfume del último beso.

Amsterdam vive uno de sus tiempos en cámara lenta. Y es el único.

Por la mañana, cuando la claridad hace menos chillonas las luces de neón, o cuando las chicas del Barrio Rojo se cansan y dejan pasar a cualquiera por lo que cualquiera pueda, y hasta cuando la estación central lentamente vuelve a su ruido habitual, una Amsterdam humana, sudorosa y de carne y hueso aparece y se muestra. Cientos de proveedores llenan las calles, estacionan dónde pueden, trabajan como en el resto del mundo en un lugar que no se parece en nada nada al resto del mundo.

El segundo tiempo de Amsterdam nace luego del desayuno de los turistas. A eso de las diez, cuando empiezan a salir de los hoteles, de los hostels, los bed & breakfast, cuando salen las casas rentadas, de las piezas de alquiler, de las habitaciones flúo del Red Light District, la capital de Holanda vive su segundo tiempo.

Y es en éste tiempo que la vida que todos conocen de la ciudad lentamente vuelve a despertarse. Los bares ponen a calentar sus máquinas de café, los pubs que todavía huelen a tabaco y marihuana de hace algunas horas, abre para cocinar huevos revueltos, tocino y panes tostados. Algunos ingleses pasados todavía buscan una cerveza más, y apenas consiguen una lata a medio enfriar. La ciudad que no descansa y no deja de gritar, lanza sus primeros chillidos al promediar la tarde.

El tercer tiempo de Amsterdam es el loquero. Es la hoar de las luces y los “ven aquí, jovencitou…” al tiempo que un dedo erótico atrae hombres a las puertas del deseo. El tercer tiempo de Amsterdam es el del humo espeso, el dulce olor, el aroma prohibido, la imagen de la lujuria hecha legal. La amsterdam que todos conocen vive sus horas más agitadas cuando la noche es noche y el día una sombra en las agujas del reloj de la torre. Es en estas horas cuando gritar es comunicarse y reír la forma de alucinar.

Hay horas en las que más vale callar.

Las bicicletas convierten sus sendas en un verdadero caos de tránsito. Acá no hay bocinas sonando ni hombres insultando, hay rings rings en las esquinas, excuse me en los semáforos, sonrisas entre ciclistas. En la ciudad que vive a tres tiempos, el amarillo de los semáforos no existe.

Dejamos Amsterdam una mañana gris y ventosa. La estación sufrió un corte de luz apenas llegamos y por un instante pensamos en que nuestra actitud “unplugged” había llegado hasta la propia central eléctrica de la estación. Claro que no fue así: volvió la luz, volvió el servicio de reservas y volvió la exactitud de los europeos. Habían pasado pocos minutos de las ocho y nuestro tren, silencioso y vacío, agradable y último modelo, escapaba de la ciudad sin humor pero con un destino: Brujas, allá en Bélgica, esperaba solemne recibir ojos que nunca la habían visto.

Ella tenía magia entre sus manos para nosotros, pero eso… Eso es otra historia.

jueves, 25 de marzo de 2010

Palacios




El despertador fue implacable con nosotros: sonó a las ocho en punto. Sin embargo, nosotros fuimos clementes con nuestro sueño y seguimos hasta las nueve. En ese punto, cuando mis ojos no podían creer lo que veían, nos levantamos de la cama. Y digo increíble porque el gris plomizo del día anterior había sucumbido ante un sol alucinante, primaveral y premonitorio.

El día pintaba bien, pero Vero no. Amaneció con el estómago revuelto y una cara de cansada que un poco me espantó.

-Cuántas horas de sueño necesitás, ardilla?, le dije irónicamente para ver si la risa matinal le sentaba mejor. Pero no fue así. Preparé capuccino para los dos y puse algunas cookies sobre la mesa. Vero apenas bebió un sorbo, ni miró las galletitas.

Nos cambiamos y salimos rumbo a nuestro destino: Potsdam. Vero tomó un Sertal y yo la obligué a comer algo. Lo hizo recién cuando bajamos del tren. Dudaba acerca de qué podía ser lo mejor y la convencí con unas frutas. Le hizo bien, y me hizo bien. Su semblante cambió como quien pasa de una canal a otro. El sol estaba bien alto y ya casi era el mediodía cuando entramos con el colectivo 695 en la cuesta rumbo al Nuevo Palacio.

Antes de contarles sobre el nuevo, debería primero hablarles del “viejo palacio”, que por supuesto no se llama así sino que tiene un nombre mucho, pero mucho más atractivo: Sans Souci. Pocas cosas vi tan vivas, alucinantes y palaciegas como el complejo que conforman éste palacio, el Nuevo y los jardines y otros mini-palacios que los rodean. Federico El Grande tiene aspecto de mameluco encorsetado en todas las pinturas que vimos, pero si de algo hay que estar seguro es que es grande, Federico. Y lo digo porque pensó todo su entorno, su reino, su vida en términos majestuosos, brillantes, marmólicos, rococó.

Tuvimos mala suerte: el Sans Souci no está abierto por estos días y nuestra obsesión de pisar alguno de esos edificios no fue posible, aún a pesar de que finalmente terminamos vistando el Nuevo Palacio. ¿Pero cómo es esto, joven? ¿Entraste o no entraste? Sí, entramos… ¿Y cómo que no pisaste el palacio… qué hiciste, flotaste? Ja. No, pero fíjese usted, amigo amiga lector lectora, que para entrar al palacio es necesario ponerse pantuflas para evitar…pisarlo.


El hombrecito que nos sirvió de guía y portero del palacio nos advirtió: “antes de entrar, usen eso”, e indicó unas pantuflas talle 50 para que Vero, yo y el resto de los pocos turistas que nos acompañaban, se calzaran (con zapatillas y todo) las deslizantes pantuflas.

Las salas del palacio son espectaculares. La primera que vimos, la sala de las conchas, es un espacio de desmesura náutica. Al parecer, el tal Federico quería impresionar a todos sus huéspedes, y mandó construir el Nuevo Palacio para tal fin. Esta primera sala tiene la particularidad de mantener el tema del agua y los monstruos marinos en todas las paredes y también el techo. Pero tal vez lo más alucinante de todo es que se trajeron 250 mil conchas marinas para decorar la habitación. El mármol, obviamente, le da esa frialdad submarina tan característica de los palacios. La sala es realmente maravillosa y es la entrada ideal para un paseo obligado dentro de Potsdam. El valor del ticket de entrada ronda los 12 euros, pero se puede pagar menos si uno recuerda llevar la tarjeta de estudiante (en caso de que lo sea o aparente serlo). Es recomendable también que el día elegido para la visita sea un día como el que a nosotros nos tocó: radiante, primaveral. Es la mejor manera de ver el brillo, los colores y la magnificencia de un lugar que se ha transformado en paseo pero que fue la morada de hombres ricos, poderosos, obtusos e igualmente genios. Paradojas si las hay­.

La visita sigue por varias habitaciones de la planta baja y la planta alta del palacio. Por supuesto no están todas las habitaciones habilitadas y el guía—portero te va llevando por cada sala abriendo y cerrando la puerta con llave. No parece un ritual del hombre ni mucho menos, creo que es la manera de asegurarse que no quede nadie detrás para hacer algo que altere el orden y la belleza.

Después del recorrido, con Vero hicimos el camino inverso al de la mayoría. Tal vez porque tuvimos la prudencia de preguntar en la sala de informes de la estación de tren, de antemano sabíamos que Sans Souci estaba cerrado y que la mejor manera de recorrer los palacios era empezando por el único que podía vistiarse, y desde allí, atravesar el jardín por el “camino real” hasta finalmente toparse a la izquierda con el majestuoso “viejo palacio”.

Sans souci es fascinante, está construido en lo alto de una colina, y tiene una escalera central con pisos a los costados y jaulas por doquier. Las jaulas podrían ser de cualquier cosa, pero fueron utilizadas para decoración (aspecto que, por cierto, se puede aprecias más entrada la primavera o lógicamente, en verano…)

Previo a iniciar la escalada rumbo al palacio, una fuente circular de proporciones desproporcionadas sirve de gigantesca pecera.

Los árboles, tallados como si fueran esculturas; y las esculturas, talladas como si fueran personas, decoran y hacen alarde de la historia, pero también del mantenimiento y restauración constante del lugar. La gente respeta, no toca, no grita, no tiene actitudes de masa, son sólo personas aisladas en un lugar ajeno, lleno de vida.




Berlín, la ciudad de los tiempos


Amanecimos acobijados por una frazada blanca y reluciente. La cama es divina, la mañana no. Llueve por momentos y con una intensidad que varía dependiendo también del viento. Es domingo y la ciudad está prácticamente vacía de berlineses. Los turistas, en cambio, se cuentan de a miles en los edificios claves de la ciudad. Desayunamos con Vero en el departamento; capuccino y cookies. Buena ingesta, calor y calorías en el cuerpo. Decidimos salir temprano y enfilar directo al Reichstag. Caminamos unas cuadras por el Prenzlauer Berg (el barrio en el que estamos parando) y con el subte rápidamente llegamos a haupbhanhof, la estación central. Al llegar al Reichstag la cola salía del edificio y el agua era inclemente. Una hora de cola hasta poder entrar al parlamento. Decidimos dejarlo para más tarde y seguimos camino hasta la Puerta de Brandenburgo.


Al margen de que los edificios son alucinantes por lo que representan en sí mismos, siempre que los ojos miran por primera vez la magnífica obra del hombre, cualquiera sea, inevitablemente surge la idea de que hay demasiada historia contenida en estas murallas, en estas calles, en esta gente.

El resto del día la pasamos caminando, conociendo, batallando con el viento y la lluvia. Compramos un paraguas. Buena compra. Atravesamos el Tiergarten y aparecimos en Potsdamer Platz; de allí al Sony Center, un majestuoso centro de convenciones en el que también funciona un instituto cinematográfico, un complejo tipo imax y un local de Lego, Legoland, que en la puerta tiene una jirafa de cinco metros de altura hecha enterita de rastris, pieza a pieza.

Seguimos a pie por el centro de Berlín, conocimos el monumento al soldado soviético: imponente y triste, solemne y silencioso. Dos tanques y dos baterías antiaéreas imponen presencia y amenazan a quien quiera volver a levantar un fusil contra un ruso. Todo eso en Berlín. Me pareció algo desmesurado y, por qué no, sobrador. La guerra es la guerra y la victoria es siempre una consecuencia positiva de algo que nació anunciando muerte.

De alguna manera, Berlín oscila entre el pasado y el presente teniendo a la guerra, el dolor y la sangre como insignia y bandera. Dejamos ese memorial y pusimos pie a firme rumbo a lo que queda del muro.

Tomamos un tren y llegamos hasta una estación alejada de la ciudad. Unos pocos metros, más lluvia y allí estaba: a lo largo de unas ocho cuadras, la East Side Gallery recordaba el dolor de la separación con obras de artistas de todo el mundo. Algunas mejores, otras soberbias; todas imperdibles. Tanto a Vero como a mí nos impactó una en la que se aprecia un muro resquebrajado y hordas de gente, de rostros para ser más exactos, inundando esa hendija que separa la libertad de la opresión, el capitalismo del comunismo, el blanco del negro. Hoy, a la distancia, todo es tan gris, insípido e igualmente doloroso.

Las diferencias en la sociedad son una constante universal que el hombre no ha querido zanjar; tal vez el muro todavía está ahí, eregido, enérgico, espantando utopías, acribillando ideas, deteniendo supuestos, destinado a separar y elegir. Sí, tal vez el muro aún sigue allí.

La noche de este segundo día en Berlín adquirió la calidez y la calidad que esperábamos. Con la computadora a cuestas, encontramos un bar-casa a pocas cuadras del departamento. Allí tomamos unas cervezas deliciosas, cenamos como si una madre alemana regordeta, pálida y cálida nos hubiera cocinado. El menú de Vero era simple pero exquisito: tagliatelles verdes con una salsita amena, pequeños tomates cortados y saltados en una sartén, queso parmesano sabroso. Yo le entré a unos champignones salteados y mezclados en una salsa que parecía ser una barbacoa, pero no tan dulce y más ácida y germana de lo que creía. El plato lo completaban unas minitortillas de papa y una ensalada de tomate y lechuga.


Aprovechamos las delicias de la tecnología para conectarnos con Buenos Aires. Lindas caras, buenas vibraciones, todo precioso en el anochecer de un segundo día que terminamos con los pies cansados y con la mente en cualquier lado…


domingo, 21 de marzo de 2010

Dia 1. Buenos Aires - Berlín

Y cuando de repente el ascensor se clavó entre el noveno y el octavo piso del condenado edificio en el que vivo, mi corazón latió fuerte por primera vez en el primer día de mis vacaciones. Más tarde volvería a suceder con el beso que le di a Vero en Ezeiza, luego con el despegue y 12 horas después en el aterrizaje en Fiumicino.

Pero antes, antes tenía que salir del ascensor, a más de 11200 kilómetros del único destino al que quería llegar desde hacía más de un año: Europa.

-Ay, por Dios, estos ascensores siempre igual. Ay, me falta el aire…, dijo una señora mayor, sesentaypico y anteojos culo de botella.

-Tranquila, señora, por favor, le respondí.

-Ay, el aire…”, insistió.

Dudé. Dudé por un segundo qué era lo mejor: ¿le pego y la noqueo y espero tranquilo a que el portero me saque de este aprieto? ¿O aguanto la furia y rezo para que todo pase pronto? Decidí aguantar pero no rezar. Y como si nada, algo más traspirado y nervioso, pero igualmente feliz, diez minutos después puse mis dos pesadas mochilas en el baúl de JC.

Tengo que admitir que el hecho del viaje tiene, en sí mismo, un sentido de belleza inaudito. Vero y yo estábamos algo incómodos en el Boeing 777 de Alitalia, pero sin embargo había un mutuo agrado en esa apretada situación en la que nos encontrábamos. Convengamos: viajar en clase económica no es lo mejor. Se viaja apretado, estrecho y mal dormido. Se ve televisión en una pantallita incrustada en la parte trasera del asiento del mortal que está sentado en la fila de adelante, pero lograr la concentración deseada es al menos complicado. Igualmente vimos “Up in the air”, una película hecha a medida de su protagonista, George Clooney, un galán de aquellos.

Llegamos a Roma muy temprano en la mañana. Hicimos unas colas enormes para pasar al sector de tránsito, luego para que nos sellen el pasaporte y finalmente para abordar la conexión a Frankfurt.

Volamos a Frankfurt. Volamos divinamente en un avión pequeño, estilo jet, que llevaba no más de 80 pasajeros. Un dato interesante: desde que abordamos el primer vuelo, comimos opíparamente. El Boeing de Alitalia nos llenó con buenos platos: primero un pollo con penne a la pomarola, combinado con unas chauchas con queso y estragón que venían en un recipiente aparte, más pequeño, más divino. Por un momento recordé un juego diminuto de té que mi hermana Valeria tuvo en su infancia y que yo me encargué de romper, pieza a pieza, sistemáticamente.

Había también un pan negro fresco, del día, y abundante vino rosso. Yo tomé vino. Vero, más pura como de costumbre, se emborrachó de agua.

Pero volvamos a Frankfurt. Porque apenas aterrizamos en Fraport (Frankfurt Airport) todo lo italiano que veníamos escuchando se convirtió en alemán. Y entonces sí: dejamos de entender todo lo que hablaban a nuestro alrededor.

Nos llevaron hasta la estación de tren, a pocos minutos en micro. Averiguamos y nos pusimos felices una vez más: el tren que nos llevaba a Berlin salía en media hora. Había que correr, había que apurarse y había que sacar fotos…

Primero sacamos fotos, claro.

Debo agregar que el aeropuerto de Frankfurt es una locura. Hay un despegue y un aterrizaje por minuto. Hay aviones de todas las aerolíneas del mundo y es un mar de gente caminando y controlando y comprando y pasaporteando. Es tan grande y tan increíble y tiene tanta vida que hasta tiene su propia canción… En serio, no es joda. Ahí les adjunto el videoclip del aeropuerto. Decididamente, un tema que te vuela la cabeza!

El tren a Berlín sucedió en dos tramos; primero cojimos un tren local hasta Hannover, y luego conectamos con un tren bala de notable calidad y silencio alemán hasta la capital de Alemania.

De hecho, mientras escribo estas líneas el tren se acomoda en la terminal de Berlín. Ya casi son las cinco de la tarde y todavía nos queda encontrar Residenz Prenselberger, el lugar en el que reservamos un departamento. Pero ésa… ésa es otra historia.

PD: a propósito de los gastos que llevamos hasta ahora. Compramos una botella de agua divina a dos euros con cincuenta, trae más de medio litro y creo que la vamos a usar como cantimplora durante el resto del viaje.

jueves, 4 de marzo de 2010

Esa ciudad

Un jueves de marzo de 2008 yo era yo, pero ni estaba en "mí" y mucho menos acá. Horas atrás había dejado San Pablo y a poco estaba ya de aterrizar en Milán. Sentía el cansancio de la ansiedad previa y las horas de viaje. El avión había sido cómodo, si no hubiera sido por los 800 pasajeros restantes.
El resto, bien.
Entre bajadas y subidas, toqueteos y máquinas "detectatodo", me encontré finalmente en un tren regional de Italia, camino a Venecia, mi primera parada europea. Era, por cierto, mi debut en semejante adicción (NdR: sí, europa es una adicción). Recuerdo entonces que bajé del tren, salí de la estación, caminé dos pasos y... ¡bum! Venecia me desnucó.
Definirlo no es difícil, pero es extenso y por diversos motivos me voy a guardar los detalles para otra entrada. Lo que sí vale decir es simplemente maravilloso, o al menos lo fue para mí. Y para colmo, el agua ahí: a un metro.
Y casualmente esa instantánea, esa mismísima imagen pictórica y real a la vez, fue la que llenó de dulce locura y tremenda fascinación mi inconsciente colectivo. Y digo "colectivo" porque cuando pienso en este viaje que se viene, lo pienso de a dos. Muy diferente a lo anterior, claro está.
Así que cuando Ale, vía chat, corto y directo, me preguntó: "¿Querés ir a Venecia..?", aquellas fotos sobrevinieron de repente y me dejaron estupefacto, sin palabras, monocorde. Algo así:
-"¿Querés ir a Venecia..?"
-"Qué sí, qué sí..."
-"Y bueno... dale. Dejame que me organice...jajaja"
-"Qué sí..."
-"jajajaja..."

Quiero volver a Venecia, y quiero que Vero conozca Venecia.


Todo está por suceder

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lunes, 1 de marzo de 2010

El día. Las sorpresas. Las emociones. La segunda cuenta regresiva.

El 26 de febrero fue todo eso: un día cargado de emociones, de sorpresas, de alegrías. Empezó bien temprano con el "ring" del despertador, aunque a decir verdad, la ansiedad ya me había desvelado unos minutos antes. Estaba en casa con Marianito. Desayunamos (lo que pude, un té a medias), nos bañamos y emprendimos el viaje hacia la universidad. Claro, la joven quiso llegar con tiempo para no perderse nada y así fue: la primera en arribar a la facultad, ni los profesores había hecho su entrada. En fin! Más tarde llegaron mi hermana, Luli, Noe y Pau.

Entré a rendir a las 11.30, ya sobrepasada por los nervios y las hormiguitas en el estómago. Lo hice, hablé, me expresé y ahí quedó. Todo se hizo largo, el tiempo se convirtió en un enemigo, algo indeseable. Salí del aula y ahí la primera sorpresa: Papá y Mamá habían venido de Villa Gesell para estar conmigo en ese momento. A los dos no se les iba la sonrisa de la cara... Y mi hermana ya había desparramado algunas lágrimas. Yo no podía aflojarme, tenía una mezcla de sensaciones casi inexplicable...

El momento llegó. Después de largos minutos de incertidumbre, volví a entrar al aula y allí la noticia: FELICITACIONES, YA SON PROFESIONALES!

Todavía estaba un poco inmutable. Será que cada uno lo procesa a su manera y sobre todo cuando es algo que espera con muchas ganas, desde hace mucho tiempo. Salí, abracé a mi familia y lo llamé al más lindo de todos… Inmediatamente, Marianito me dio la segunda sorpresa del día, la que yo califiqué como “el mejor regalo desde que tengo uso de razón”: iba a ir con el Bebe Contepomi a hacerle una entrevista a Coldplay. Sí, face to face en River, horas previas al recital que también esperaba con marcada ansiedad.

Desde ese momento, todo el tiempo que antes había resultado interminable, ahora se había convertido en un desafío! Había que apurarse. Me tiraron huevos, harina, yerba (si, yerba) y mostaza… Fue emocionante! Fue el camino a la liberación y a la satisfacción personal. El fin a 7 años de estudio y el inicio de un cambio interior, una vida nueva y otras metas por delante.

Llegué a casa, me bañé y corrí al canal. En River, “the hardest part” fue transitar con la cantidad de autos que llegaban para el recital. Una vez adentro, ya estaba entregada!

Chris Martin y Jonny Buckland ingresaron al camarín donde el Bebe iba a hacerles la entrevista. Altos, rubios, flacos, ingleses y con sus ropas alusivas a la gira “Viva la Vida”. La nota duró unos 10 minutos. Apenas terminó, entramos y allí el click mágico: la FOTO! Estaba tranquila, sabía que esos escasos minutos tenía que disfrutarlos y aprovecharlos al máximo. Fue todo rápido pero intenso. Los chicos se fueron y otra vez quedé inmutable: “sí Vero, ya está, te recibiste hace apenas unas horas y recién acabás de sacarte una foto con Coldplay. No, no estás soñando. It’s fucking TRUE!”.

Ahora había que esperar a Marianito que salía de trabajar. La gente seguía llegando y las calles de Núñez estaban atestadas. Finalmente nos encontramos, nos dimos la mano y entramos.

El recital estuvo EXCELENTE. No esperaba menos… La calidad, la prolijidad y la sintonía con el público fueron memorables y sin dudas, lo que necesitaba para terminar semejante día. La primera canción fue “Life in Tecnicholor” versión instrumental y la última, la misma, pero versión vocal. Para destacar: “Viva la Vida”, “Fix You”, “Yellow” y el cover de Michael Jackson “Billy Jean”. Fueron casi 2 horas de puro Coldplay Live. Segunda vez que los vi y segunda vez que ratifiqué mi gusto y preferencia por semejante banda.

Al final de la noche, ya sentados y prestos para comer, llegó ese esperando BRINDIS. Qué día emocionante! De esos que esperas con tantas ansias que cuando llega no te das cuenta que realmente está sucediendo. But YES, it happened!

Para mí (y para nosotros) fue significativo por varias cosas que pasaré a detallar:

- Recibirme significa un gran paso hacia adelante, el cierre de una etapa larga e importante en mi vida personal y el comienzo de un nuevo desafío. Me siento adulta y con ganas de explorar otras opciones, de experimentar nuevos proyectos y de seguir creciendo profesionalmente.

- El fin de la facultad fue también el pie que necesitaba para concretar este viaje. Siempre soñé en ir a Europa una vez recibida y planear la travesía como “un antes y un después” en mi vida. Mariano también quiso eso para mí y colaboró ardua y psicológicamente para que sucediera. No había otra chance. Todo tenía que salir redondo.

- Coldplay es mi banda favorita y no me podía perder su segundo recital en el país. Pero tampoco podía perdérmelo con él. Esta vez, el show tenía otro condimento especial. Coldplay fue uno de nuestros primeros temas de conversación, allá, a principios del 2007. Lo primero que descubrimos que teníamos en común y entre otras cosas, lo que hizo que luego nuestra relación se convirtiese en una bola de nieve imparable.

- El 26 de febrero marcó la segunda cuenta regresiva para el viaje. Ahora sí no hay excusas. Tantos acontecimientos tenían que dar el punto de inflexión. Sueños cumplidos y el proyecto Europa cada vez más cerca. La próxima estación es el 12 de marzo. Ahí te espero a vos Baby.


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