viernes, 9 de abril de 2010

London Calling

1.
El tren atraviesa la distancia en el tiempo en que nosotros tardamos en ver una película. Zumba, el tren. Zumba, el sonido del viento golpeando contra los ventanales reforzados. La campiña francesa queda atrás a 240 kilometros por hora. Es rápida y corta la campiña. ¿O somos nosotros, meteoritos terrestres que cruzamos de un país a otro? En este viaje hay un túnel. Un túnel subfluvial y muchos miles de millones de agua haciendo presión. Nosotros estamos entrenados para esto, para soportar la presión, y no sentimos nada, nada.
En mis auriculares, Bob Marley canta "Bad boys, bad boys... what you gonna do, what you goona do when they come from you..." , justo cuando la oscuridad es total y la velocidad, suponemos, también. De pronto, luz de nuevo, pero ahora el sabor de la crepe queda atrás y todo se saborea en otro idioma, and mind the gap. Lllegamos a Londres. Todo esto fue rápido rápido y sin dolor. Llegamos a Londres y fue por cesárea.

Una o dos o doscientas nubes corren en el cielo, el sol hace lo que puede y cuenta su historia insinuando sus eróticos rayos; pero luego otra nube, y entonces el ciclo del clima se transforma en una constante película que sucede en el cielo y se siente en el cuerpo. De todo lo que vimos hasta ahora de Londres, lo más absurdo y desconsiderado con el ser humano es el clima de esta ciudad.

2.
Underground. O subte, como quieran. Pero se dice underground o tube y vamos a respetarlo porque ésta ingeniería perfecta y magnífica que corre por debajo de las calles y las avenidas y el Palacio de Buckingham merece respect. El underground de esta ciudad no tiene tantas líneas ni tantos kilómetros como el Metro de París, pero para que se den una idea, si arriba se vive Londres, aquí debajo se encuentra el corazón, y late de a un minuto por vez, cada vez que un tren llega a una estación.
El imperio británico ha construido buena parte de su historia sobre rieles. Han sido precursores y verdaderos genios en la diagramación y perfeccionamiento de esta manera de viajar, y cierto es que las terminales que estamos acostumbrados a ver en Buenos Aires (Retiro, Constitución...) son un reflejo un tanto desteñido y deteriorado de las terminales inglesas. De hecho, son iguales. Lo que cambia es el contenido, y eso es inmanejable. Aquí todos tomamos el tube: el inglés de traje costoso y perfume dulce; la ama de casa gordita y rechoncha, algo rosa por el calor subterráneo; el estudiante con su mp3, la tímida rubia de aspecto suizo con su mp3, el abuelo de anteojos y diario en mano; los turistas, los empleados, los delincuentes, los turcos, los marroquíes, los hindúes, los mexicanos, los ecuatorianos, los fraceneses y rusos, los españoles, la familia de españoles, el grupo de españoles, el contingente de estudiantes españoles, y Martín y Vero y yo. Todos.
Es brillante y estremecedor sentir y vivir la puntualidad y la calidad. Es inspirador el clima etéreo de aquí debajo; porque arriba... Arriba es otra historia.
Salimos a la calle y la lluvia nos recibe y nos despide a la otra cuadra. Sale el sol. Hace frío y entonces el sol se enoja y se va. Ahora está nublado y no llueve. Pero amenaza. Sale el sol. Ahora sobreviene un aguacero de magnitudes tropicales. Mejor, meterse en un pub y probar una cerveza bien tirada. Lo hacemos, nos sentamos y alguien nos atiende. Tardamos entre todo.... cinco minutos. Afuera, sale el sol: llegó la primavera.
Frente a la demencia del clima, la coherencia inglesa abruma. Aquí, a las seis de la tarde el trabajo pasa a mejor vida: los locales cierran, los empleados salen en masa y, lejos de ocultarse en sus tristes casas, van al pub. Y cuando digo van al pub... van al pub. Cientos de hombres y mujeres se tumban hasta las once de la noche en una charla a gritos que tiene básicamente tres condimentos: la cerveza, la risa y el sentirse entre amigos. Díganme si no es vivir eso... A ver, reto a duelo a quién sugiera una idea mejor: colgar los botines a media tarde y olvidarse de todo hasta que una campana seca y ruidosa anuncia, diez minutos antes de las once, que hay una ronda más para comprar antes de que todo finalmente se acabe y entonces, sí: a casa a bañarse, ponerse el pijama y mirar un poco de Mr. Bean.
Es ideal.
Estamos ahora en el Soho londinense. Martín trata todavía de entender como un teatro antológico dedicado a recitales, y que él mismo pisó para ver a uno de sus bluesman, desapareció. Mejor dicho: una gran estructura recubre la zona y toda el lugar es una obra en construcción. Se pregunta y se repregunta. ¿Cómo puede ser que hayan tirado abajo este lugar? ¡Cómo! ¿Por qué? No hay lágrimas, pero casi. Hay dolor. Hay tristeza y recuerdos. Pienso en mandar una carta a la Real Academia Española y proponer una nueva palabra para incluirla en el Diccionario: Martinizar

Estamos en el Soho, decía. Algunos tienen frío; yo, como siempre, no. Entramos a un pub. Tomamos. Salimos. Entramos a otro. Tomamos. Salimos. Estamos de rotation, y es jueves. Para la cena, un restó chino con chinos de verdad. Martín y yo pedimos juntos. Vero elige otro plato y espera. Llega una sopa: la deleitamos. Llegan los platos, los devoramos. Llega la cuenta, nos vamos.
Picadilly explota en luces, y nosotros estamos satisfechos por hoy. Fue la primera noche y ya casi empieza un nuevo día. Estamos lejos de nuestro departamento pero no importa. La ciudad está viva, respira el constante ruido de las grandes ciudades. Debajo hay un corazón latiendo. Debajo, hay un corazón esperando por llevarnos a casa.


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