Después de dormir en unas cómodas camas inglesas y de taparnos con abrigados edredones escoceses, la segunda mañana en Londres empezó. Un desayuno improvisado y un mapa en la mano fue más que suficiente para llenarnos la panza y la mente. Una vez más caminamos hasta Earls Court Station. Nuestro objetivo era el arte y la historia, especialmente los tesoros del antiguo Egipto. Lo bueno de Europa es que no hace falta volar demasiadas horas para ver los grandes tesoros de la humanidad, y en este caso alcanzó con un par de estaciones hasta el British Museum.
Una de las ventajas que Londres trajo a nuestros bolsillos (tal vez la única) fue la confirmación de que la entrada es gratuita. Estamos frente a una entrada pequeña y poco majestuosa, no hay mucha gente y tememos por la hora de cierre. Sin emgargo, en seguida nos relajamos: un afroameriano que hacía las veces de hombre de seguridad nos explicó que las el british cerraba a las ocho y media. También supo indicarnos cómo acceder rápidamente al sector egipcio, luego nos repartió unos folletos poco interesantes y allá fuimos. El museo británico es uno de los más completos y elogiados del viejo continente aunque esté lleno de objetos saqueados, robador, birlados. La sala egipcia es la gran atracción. Chicos y grandes se quedan momificados antes las momias. Son muchas y todas son hermosas (las momias). Apenas una caja de cristal separa el milenario pasado de nuestro inmaterial presente, las manos de muchos se deslizan por el vidrio intentando alcanzarlas, en vano. Entre la docena de sarcófagos está el de Cleopatra, el cual suponemos contiene su cuerpo. Nos sentimos maravillados. Nos gusta batante más que el tema de "Las viudas...". Le sacamos unas fotos para recordar el momento.
Seguimos camino a través del espacioso museo, que está dividido y diagramado como los viejos museos de la década del '70. Es agradable caminarlo y por un momento coincidimos con Vero en que es bastante más ameno que los incontables/insondables metros del Louvre.
Con Martín tuvimos el desliz de pensar que la puerta por donde habíamos entrado era la principal, pero aquella teoría rápidamente quedó en la nada: al girar en una sala nos encontramos con un techo vidriado y hermoso. Es la gran entrada al museo y nuestra gran salida. El lugar es espléndido, brilla por todos lados y tiene las dimensiones que uno podría esperar para un lugar como éste. Hacemos algunos chistes entre los tres y caminamos sin rumbo pero con decisión. Vero quiere hacerse la foto con la cabina de teléfonos y nosotros se la producimos. Intentamos engañarla y salir corriendo para dejarla sola: la idea no prospera, una sirena en la lejanía le prende la lamparita a Martín "che, no pensarán que la estamos afanando, no?" Ufa. Se termina el chiste y la foto.
Waterloo Station. Un mundo de gente se mueve en sentidos insólitos. Miro a todos lados, en todos lados gente que mira y camina. Camino y miro. Hay personas en todos los rincones, hasta en los techos unos cuatro o cinco delirantes limpian los techos. Coraje de altura. Salimos y decidimos hacer una larga caminata por la ribera del Támesis. De a poco llega la hora del almuerzo y nuestros estómagos nos hablan en todos los idiomas posibles. Tomamos un bus doble piso, hacemos unas cuantas cuadras y bajamos en algún punto que ahora no podría especificar. Durante el viaje, Martín se ufanó de una virtud que él ha denominado "memoria fotográfica". Debo admitir que le ha fallado bastante, pero en su 'prueba - error' ha dado con los lugares a los que nos había prometido llevar. No es un buen guía, pero es un gran compañero de viaje. Decía que íbamos en una dirección que no recuerdo y por suerte no es lo importante de la historia. Lo realmente interesante fue que el joven Sassone encontró de casualidad un mercado del que venía hablando desde hacía largo rato. Estaba a la vuelta de la esquina y cuando lo vimos supimos que nuestro almuerzo estaba resuelto.
Welcome to the magnificent Burough Market.
Piso la vereda y mojo mis zapatillas todo terreno. Un poco de agua entra por la tela y empapa mis medias. Debería preocuparme pero como creo en las buenas vibraciones, rápidamente mi mente funciona como un secador innato. El mercado exhuda olores de todo tipo: pollos que se deshacen en caldos, sopas que burbujean en ollas de campamento, guisos que lanzan señales de humo mientras una mano hábil los revuelve en sartenes enormes. Hay humo en todos lados y mis ojos parecen lagrimear. Smoke gets into your eyes.
Este lugar es una locura: probamos un poco de todo, compramos lo que nos alucina y degustamos de a dos manos. Primero un poco de sopa, luego un guiso espectacular con frutos de mar, papines sin pelar y arroz apelmazado tipo chino pero no tanto. Luego un espectacular stand nos recibe con diez o doce variedades de aceitunas. Martín se abalanza, compra un bol y las come con inusitada velocidad: tengo miedo por él, parece estar en un estado de insania total. Junto a las aceitunas, otro stand llama nuestra atención: el de los quesos. Un joven inglés, simpático y carismático, nos hace probar un reggianito picante y adictivo, pero luego nos acerca otro plato que nos vuelve aún más locos: es un queso duro con consistencia y sabor tipo parmesano pero con pequeños pedazos crocantes de algo que parece miel. Es una demencia total que me vuelva el bocho. Compro inmediatamente los 100 gramos correspondientes y los tres, como dos buenas ratas y una ardilla, saboreamos los pedacitos agarrándolos con las manitos y despedazándolos con las paletas bien afiladas. "Es un escándalo". "Sí". "Es una locura". "Lo es". "Tengo sed, dame más...".
El mercado no se detiene y avanza por debajo de las vías del ferrocarril. Nos adentramos y encontramos otra delicia gourmet: hamburguesas vegetarianas. Otro desquicio, otra compra. Esta vez, damos con el local más pedido, nos toca hacer una cola más o menos larga pero los dos chicos a cargo de la cocina y la atención son rápidos, metódicos, astutos e inquietos. Van y vienen y en un dos por tres nuestras manos sostienen el tesoro. Qué locura el pan, el relleno, la hamburguesa. Creo que no hablamos hasta el último bocado. Seguimos haciendo pie, haciéndonos paso por entre la gente y los puestos. Llegamos a una especie de salida pero unos carteles con dedos como flecha nos anuncian que hay más. Y había más.
El mercado es realmente bonito y colorido y hay de todo. En una segunda zona los puestos están más separados y la gente tiene un poco más de lugar para moverse. Hay más comida, nosotros decimos basta y salimos en busca de algún nuevo destino. Veremos si lo encontramos merced a nuestros sentidos o a la "memoria fotográfica".
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