viernes, 2 de abril de 2010

París, lluvia y amor

¿¡Qué podría decir de París que todavía no se haya dicho?! Qué adjetivos puedo esbozar que sean originales, que den una mirada distinta, una perspectiva diferente de una ciudad que lo tiene todo, y justamente por eso es desmesurada y grandilocuente, egocéntrica y subterránea, difícil y egoísta, todo a la vez.
Llueve en París, y son lágrimas las que caen del cielo. Son señales de los dioses que tienen envidia, son signos de que esto que nos rodea es –fue y será- una creación humana con destellos divinos. Y los de arriba se quejan. Y con razón.
Llegamos a París con el cielo cambiado. Bélgica nos despidió con sol pero en la frontera con París todo se dio vuelta. Costó llegar al hostel. Ya no tanto por esta loca idea loca de ubicarse en el mundo; costó porque el cuerpo de Vero (y el mío también) da señales de carencia de ejercicio, o al menos no el suficiente. Se siente en la planta de los pies y se sienten en nuestras espaldas el peso de los kilómetros caminados y las vueltas sin rumbo a cualquier lado. Se nos pasa al despertar, pero como el sol, aunque no lo veamos el cansancio… siempre está.
Sin embargo, nada nos detiene. Caminar por Europa es, ya lo dijimos, un deleite y una necesidad imperiosa. Hay que caminar por estas calles y escuchar a su gente, mirarla actuar, someterla a juicio sin veredicto y entender el enigma que encierran estas paredes gigantes y ornamentadas. Hay que saber de Francia, por ejemplo. Saber de sus guerras y sus conquistas, de sus hombres grandes, de sus miserables hombres grandes, y de sus próceres y sabandijas. Hay que percibirlos en la piel, imaginar por un segundo que se puede viajar en el tiempo y entonces el palacio de Louvre está a medio hacer, la torre a medio construir, el Sena a medio encausar. Hay que hacerlo para entenderlo. Y así y todo, al final volver a pensar porqué estamos acá. Por qué creemos que este viaje es mucho más que bellos paisajes y lindas vistas.
Les decía que la lluvia había sido el signo de la llegada, y de alguna manera iba a marcar el pulso de nuestra estadía en este lugar. Fue una primera noche excitante. Vero volvió a quedarse con la boca abierta, yo volví a intentar cerrársela pero con una diferencia: esta vez, yo quería también que ella cerrara la mía.
Dimos unas vueltas tremendas, los pies nos latieron buena parte del camino pero al final de aquella travesía, al volver de esa larga caminata, la alegría que sentíamos era todo lo que necesitábamos para desayunar a la mañana siguiente.
Antes de hablar de lo que sigue, debería primero hacer un apartado sobre el Bastille Hostel. La historia de este lugar es como cualquier otra: durante buena parte del año pasado buscamos lugares para hospedarnos, con el requerimiento de que fueran baratos, bien ubicados y con baño y ducha en la habitación. El Bastille reúne todo eso y por eso después de algunas consultas entre nosotros terminamos cerrando con este lugar.
Ubicación: el hostel está a sólo tres cuadras de la estación de metro Ledru-Rollin. Esa estación pertenece a la línea 8 de la red de metro de París. Este es un dato vital, porque el metro en esta ciudad tiene 14 líneas… Para los que llegan en tren a Paris Nord es muy sencillo: se toman el metro línea 1 en la estación y buscan el punto de cruce con la línea 8. Luego se bajan en la estación indicada y salen a la luz. Debo admitir que apenas salimos del metro con Vero me ubiqué rápidamente. Con esto no quiero decir que yo sea “el genio del GPS” ni mucho menos, pero como en la previa estaba muy ansioso se me ocurrió buscar en Google Street la dirección del hostel. Y oh! maravilla, aparece tal cual está hoy. Así que además de ver el frente del hotel, memoricé algunos locales, el café de la esquina, la plaza de la vuelta…en fin. Lo que se dice trabajo de investigación. Por mucho que digan, al hostel lo encontré en un periquete (ja, qué ganas tenía de escribir “periquete”)
Los recepcionistas del hostel son buena gente pero no saben mucho inglés y mucho menos español. Se entiende lo que dicen, pero guarda con preguntarles direcciones o recomendaciones o “cómo llegar a…”. Puede que terminen en otro país. Con respecto a la habitación, no hay quejas por el momento. Es relativamente amplia, tiene las camas en formato “marinera” y el baño, la ducha y el lavatorio está todo junto –bien francés, voilá- pero asequible y ordenado. Recomendación: ojo con bañarse demasiado tiempo; a Vero le pasó que se fue de mambo y casi se inunda el hotel. Buena parte de la habitación se llenó de agua y tuve que correr para que algunas cosas se salvaran de mojarse. No fue mucho, pero fue. Vero, con su ironía típica deslizó: “Y bueno, che… A los franceses no les gusta bañarse mucho rato… A mí, sí”. Ja, mirenlá…
El segundo día en París fue arriba, no tan arriba como el tercero, pero bien arriba. Nos levantamos temprano el domingo a la mañana y nos fuimos directo a Montmatre. Cielo gris nuevamente, lluvia nuevamente, subte nuevamente, voces en todos los idiomas y gente nuevamente, muchedumbre en Sacre Croeur y otra fiel demostración del estado “unplugged” en el que vivimos.
-Vero, qué pasa… cuánta gente…
-Sí, por qué será…
Será qué será, era Domingo de Ramos. Y nosotros, ni enterados.
Cuando caímos en la cuenta de todo, los olivos abundaban, el incienso se sentía en toda la iglesia y la gente emanaba de cualquier lado. Creo que hasta una estatua insultó a una española que, desubicada como pocas, hablaba a un nivel espectacular, como si estuviera en el Pachá de Ibiza. Dicho sea de paso: en esta iglesia hay pequeños hombrecitos que caminan y callan a la gente y le piden –también a gritos, lo que concluye en una incongruencia al pedir ‘respeto y silencio’- que por favor no saquen fotos de ninguna clase: ni con flash, sin flash, con exposición, sin exposición, con gran angular, con ojo de pez…nada. Ni una foto a los santitos. ¿Quieren fotos? Pasen por la santería que hay un montón.
Mientras mirábamos a estos “oompa loompa” de la fábrica de hacer fe, caminamos alrededor de la basílica admirando lo que había alrededor. Una vez más, la maravilla abrumadora de la iglesia sucumbe al hombre y lo deja sin palabras. Tal vez por eso la historia habla de silencio y penitencia… No me voy a poner a hablar ahora de religión, por favor no. Pero tengo mis ideas… Ojo, que las tengo y en cualquier momento las zampo en el blog… chaarán!
Dejamos la iglesia y sacamos fotos entre los paraguas, la multitud y la lluvia. No fueron buenas excepto las que Vero sale en primer plano. Después, bajamos y caminamos hasta otra estación de metro porque ya sabíamos qué íbamos a hacer a continuación.
Nuestro próximo destino: el Louvre.

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