viernes, 2 de abril de 2010

Brujas encantador

Es prácticamente inevitable empezar este diario de viajes sin hablar primero de la naturaleza… Ja! Me refiero al clima que acompaña nuestro viaje. Ayer cuando tomamos el tren desde Amsterdam a Brujas, sabíamos que la cosa no iba a estar fácil. El cielo gris, plomizo, y la ventisca de la mañana holandesa nos anticipaban algo de frío para más tarde. Sin embargo, Bélgica decidió cambiar el rumbo de esa historia.
Llegando a Brujas, algo dormidos, algo palmados, una leve esperanza de sol se asomó por entre medio de dos nubes caprichosas. Desde la estación, un colectivo nos dejó a tres cuadras del hostel. El Bauhaus es un hostel que está formando su imagen de “buen hostel” en toda europa. Tiene varias sedes y este mes abrían en Praga un espacio nuevo. El de Brujas está en refacción. Lo están acondicionando estos días para que llegue al verano listo para ser usado a pleno. Los carpinteros trabajan a pleno y llegar a la habitación requiere de cierta destreza; fíjense que hay que esquivar baldes de cemento, latas de pinturas y algún que otro martillo en medio de paredes que tienen carteles de “Recién Pintado”. Todo eso, con las mochilas a cuestas. Se requiere, ciertamente, algo de destreza.
La habitación nada tiene que ver con la obra en construcción. Un cómodo espacio con dos camas acogedoras, sábanas y frazadas bien abrigadas y un lavatorio con espejo lo suficientemente grande para que Vero se mire un rato… un rato largo… un rato larguísimo… “bueno, verito, vamos para la calle?”, le dije y cayó en cuenta de que afuera había otras cosas lindas también.
Y Brujas… Brujas es realmente espectacular. Creo que el viaje vale sólo para ver la torre Belfry. Es una torre construida (escuche bien, lea bien…) en 1240, y es impactante por dónde la miren. Pero además se ve desde cualquier lugar de la ciudad, así que sirve además como referencia espacial si uno está perdido y no tiene un mapa, gps o alguien avezo con el idioma como para preguntar a un local. Por supuesto que tiene más atracciones: la iglesia donde se supone está la sangre de cristo, infinidad de museos, etc. La ciudad es muy amigable, tiene barcitos cada dos pasos, cafecitos de vereda, pubs de cerveza y buena música, muchos jóvenes. Brujas es un lugar tan distinto a Amsterdam en cuanto a su ritmo de vida, que pasar del rock and roll al vals fue algo brusco pero definitivamente necesario. Vero está enloquecida, esa boca no se cierra nunca: la mantiene abierta en una posición de “no lo puedo creer” que, bueno, no deja de ser obvio (porque a mí también me pasa) pero además es divertido.
Pasamos el día caminando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar al primer lugar adónde habíamos confesado la total desorientación. Tomamos un bote que nos llevó por los canales, recorrió buena parte de ellos y nos dio la clave para llegar hasta el minewatter. El “lago del amor” es genial, es un reducido espejo de agua, lleno de patos y de cisnes, rodeado de árboles sabiondos y frágiles. Paz continua. Silencio absoluto.
Fue genial ver caer la tarde allí.
Volvimos al hostel. Yo decidí bañarme y Vero aprovechó para sacarle un poco más de lustre al espejo. Luego, la hora de la cerveza. Bajamos con la netbook hasta el pub del hostel, intentamos en vano conectarnos a la red, pero al menos aprovechamos para escribir y seguir llenando nuestro formulario contable de cómo van las cuentas del viaje. Tomamos, una, dos, tres cervecitas y volvimos a la calle; esta vez, casi decididos a dejar pasar la hora hasta que el estómago nos recomendara sentarnos a probar bocado. Pasaron algunas horas, y el estómago llamó. Y llamó con todo, apurado y con retorcijones.
Antes, durante la tarde, Vero había visto y calado un lugar al borde de un canal. Su nombre, Punta Est, y teníamos una referencia clara: “A la altura del número 17 de la calle Langerstraat, doblamos a la derecha y voilá…”
Dicho así, suena fácil. Pero vayan ustedes y búsquense la callecita a ver si la encuentran más rápido que nosotros. El problema no fueron las tres cervecitas de antes, ni nada por el estilo. El problema fue que salimos sin mapa y las calles tienen de esta ciudad tienen la milenaria costumbre de no ser rectas; no. Curvas y contracurvas, calles secretas y cortadas diminutas, diagonales para acá, para allá, otra más que llega y aunque estemos en la plaza principal y nos ubiquemos, igual cometemos pasos en falso y agarramos para el otro lado. A todo esto, nuestros estómagos nos exigían la ingesta inmediata de algún elemento sólido… Fue duro, en serio, pero finalmente Punta Est apareció. No apareció como nosotros pensábamos, doblamos una esquina y… voilá! Ahí estaba… pero no fue tan sencillo.
Lo bueno de encontrar un lugar es que, además, esté bueno. Y Punta est nos sorprendió. Comimos unos bocaditos de muzzarella, unas tostadas con pasta de ajo y tomatitos excelentemente condimentados. Luego llegó un omelette de jamón y queso tamaño XXL, con ensaladita ad hoc. Todo bonito, todo cool, todo embrujado.
Esta mañana salimos muy temprano de la ciudad. A las siete y media el tren ya había partido para nuestro próximo destino. Ahora estamos llegando a París y acá sí, permitanlé decirles, no sé qué va a pasar con esa boca abierta de Verito. Tengo miedo de que se le caiga toda la mandíbula. Por las dudas de a ratos le sostengo con mi mano derecha la pera y me aseguro que esté ahí.
Por ahora, todo está bien.

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