viernes, 2 de abril de 2010

Un museo, toda la historia

El museo del Louvre tiene un encanto particular: ese magnífico edificio es en realidad un palacio que fue construido sobre otro que fue derrumbado. Yo no sé ustedes, pero eso es lo que yo llamo ‘pisar fuerte’. Y como los reyes franceses siempre fueron bien porongas, ahí va: “Tirame el castillo que te construyo otro arriba… y dale que va, dale y dale…” Qué grosos, che…
Bien, convengamos que todo esto es una exageración total. Es una desmesura tan absurda que no hay palabras para describirlo, por lo tanto hay que mirarlo hasta que te de asco. El problema es, vamos, que jamás sobreviene el asco y lo único que queda en la boca es un sabor dulce y aromático.
Como los perfumes franceses, pero más barato.
Napoleón, que no era ningún gilipollas, vivió sus buenos años en una parte de este palacio, y a pesar de que ahora esa ala está cerrada por refacciones, todo lo demás es una demostración de que si hay algo que sobra en este lugar es opulencia y magnificencia.
El museo está dividido en cuatro alas. Dos de ellas son de público acceso (la entrada general cuesta 9,50 euros; y no hay descuentos para estudiantes extranjeros ni menores de 25) y contienen las obras más populares; es decir La Gioconda, La Venus de Milo, las bodas de Caná (un mural impresionante!!) y otras obras de tipos con virtudes sobrehumanas que dejaron en el devenir de la historia imágenes sobrecogedoras de sus creencias y vivencias.
Otra de las alas conecta con la zona comercial El carrousel del Louvre. Allí está la famosa pirámide invertida (sí leíste el Código Da Vinci sabés de lo que hablo…) y una serie de locales muy lindos y turísticos, excepto por uno en especial que se lleva todas las miradas y vale la pena resaltar: el de Apple. Todas las mac, todos los iphone, imac, itablet, imás y más y más que te puedas imaginar. Con Vero nos volvimos locos y nos sacamos las ganas y de navegar gratis y a toda prisa. Chequeamos mails y escribimos en facebook. Aproveché y busqué cómo llegar a un lugar que elegí para nuestra última noche en París: se trata de un bar de jazz y de blues que justo presenta un homenaje a los Blues Brothers. Veremos, veremos…
Pero me fui a lo comercial sin pasar por el arte… perdón. Vuelvo entonces: el museo contiene tantas obras y esculturas y lienzos, y pedazos de cultura de Egipto, Roma, los etruscos, Asia, Oceanía, América Central, América del Sur y Africa que una y otra vez surge la duda acerca de por qué todos esos elementos que hacen a la cultura de un pueblo, un país o una región no están en el lugar que les corresponde estar. El debate es eterno; el que dice que no deberían estar allí, tiene a otro que le retruca y le sugiere que si no estuviera la esfinge egipcia del siglo V antes de Cristo expuesta en el ala Richelieu del Louvre, a esta altura de la humanidad sería pura piedra. Puede que sí, puede que no: también vale aquel que dice que ‘bueno, que ya está bien, que ya lo rescataron de la barbarie y que mejor que lo devuelvan ahora que nunca’. Discusión eterna, pero más vale continuarla así: sin resolver. Total, al Louvre por cada pieza le entra 9,50 euros por persona a una velocidad y con un caudal espeluznante. Clink, caja!
Vero y yo quedamos abombados de tanto arte. Y tampoco que fuéramos idiotas, ni tanto. Muchas otras personas reposaban, dormían y cerraban sus ojitos sentados en alguna silla o sillón o simplemente en una esquina. El Louvre te torra, no por aburrido pero sí por excesivo.
Después de bruta panzada de arte, teníamos hambre. Decidimos salir del museo, caminar un poco por la ribera del Sena, cruzar al otro lado por el Pont Neuf y enfilar hacia algún lugar que nos diera algo para comer a un precio digerible.
Conseguimos casi todo: encontramos el lugar, la comida, la bebida y… el precio hasta ahí… Fueron 20 euros, tampoco la pavada, pero por esa plata (razonamos después) podríamos haber aprovechado todavía más las opciones gastronómicas que ofrece la ciudad. Diría que nos dejamos llevar más por nuestro estómago que por nuestra inteligencia. Pero eso, no nos pasará de nuevo (hasta hubo juramento!)
Ah! Me olvidaba de una anécdota brillante. En uno de los tantos viajes que hicimos en subte, creo que incluso fue el primer día, decidimos bajarnos una estación antes y caminar hasta el hostel. Esa estación era Bastille, y se llama así porque en la superficie se levanta, imponente, el monumento a la Bastilla, que, como ustedes recordarán, es el emblema de la patria grande de Francia. Libertad, igualdad y fraternidad… Ese lema y la bastilla están íntimamente ligados. Y ese lugar es, además, el sitio elegido por los parisinos para hacerse escuchar. Qué tal que salimos al asfalto y se festejaba el “No Sarkozy Day”. Un simpático rejunte de francesitos de todos los colores y aspectos. Había gente naif, formales de traje y perfume, mujeres con la bolsa de las compras y el changuito, turistas como nosotros, jóvenes darks vestidos de negro y con parafernalias de muchos colores y metales y cosas colgando de sus cuerpos, que movían su cabeza a un ritmo frenético como si trataran de que la única neurona viva que llevan dentro les hiciera sonar el cerebro como sonajero. También había otro tanto de extras pero ahora no los recuerdo. El caso es que había como tres o cuatro acoplados con ventana donde se disponían distintos tipos de eventos para, básicamente, repudiar al tal Nicolás (presidente de La France, amante empedernido, esposo y cornudo todo a la vez de la ex cantante y botinera musical de lujo Carla Bruni, que está tan buena como una crepe) apuro canto. Pero mientras unos rapeaban y mezclaban con bandejas y computadoras, otros usaban máscaras grotescas de Sarkozy, o vendían postales insultándolo o simplemente tomaban cerveza. La mayoría llevaba calcos o remeras alusivas al 27 de marzo, el No Sarkozy Day. De más está decir que por un instante traspolé esta situación a mi querido país y no sé por qué rápidamente lo anulé de mi cabeza. Tuve miedo, lo digo así, de pensar que semejante acto fuera “en el mundo virtual” un acto golpista de Clarín.
Mejor, nos quedamos en París. Au revoir

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