domingo, 21 de marzo de 2010

Dia 1. Buenos Aires - Berlín

Y cuando de repente el ascensor se clavó entre el noveno y el octavo piso del condenado edificio en el que vivo, mi corazón latió fuerte por primera vez en el primer día de mis vacaciones. Más tarde volvería a suceder con el beso que le di a Vero en Ezeiza, luego con el despegue y 12 horas después en el aterrizaje en Fiumicino.

Pero antes, antes tenía que salir del ascensor, a más de 11200 kilómetros del único destino al que quería llegar desde hacía más de un año: Europa.

-Ay, por Dios, estos ascensores siempre igual. Ay, me falta el aire…, dijo una señora mayor, sesentaypico y anteojos culo de botella.

-Tranquila, señora, por favor, le respondí.

-Ay, el aire…”, insistió.

Dudé. Dudé por un segundo qué era lo mejor: ¿le pego y la noqueo y espero tranquilo a que el portero me saque de este aprieto? ¿O aguanto la furia y rezo para que todo pase pronto? Decidí aguantar pero no rezar. Y como si nada, algo más traspirado y nervioso, pero igualmente feliz, diez minutos después puse mis dos pesadas mochilas en el baúl de JC.

Tengo que admitir que el hecho del viaje tiene, en sí mismo, un sentido de belleza inaudito. Vero y yo estábamos algo incómodos en el Boeing 777 de Alitalia, pero sin embargo había un mutuo agrado en esa apretada situación en la que nos encontrábamos. Convengamos: viajar en clase económica no es lo mejor. Se viaja apretado, estrecho y mal dormido. Se ve televisión en una pantallita incrustada en la parte trasera del asiento del mortal que está sentado en la fila de adelante, pero lograr la concentración deseada es al menos complicado. Igualmente vimos “Up in the air”, una película hecha a medida de su protagonista, George Clooney, un galán de aquellos.

Llegamos a Roma muy temprano en la mañana. Hicimos unas colas enormes para pasar al sector de tránsito, luego para que nos sellen el pasaporte y finalmente para abordar la conexión a Frankfurt.

Volamos a Frankfurt. Volamos divinamente en un avión pequeño, estilo jet, que llevaba no más de 80 pasajeros. Un dato interesante: desde que abordamos el primer vuelo, comimos opíparamente. El Boeing de Alitalia nos llenó con buenos platos: primero un pollo con penne a la pomarola, combinado con unas chauchas con queso y estragón que venían en un recipiente aparte, más pequeño, más divino. Por un momento recordé un juego diminuto de té que mi hermana Valeria tuvo en su infancia y que yo me encargué de romper, pieza a pieza, sistemáticamente.

Había también un pan negro fresco, del día, y abundante vino rosso. Yo tomé vino. Vero, más pura como de costumbre, se emborrachó de agua.

Pero volvamos a Frankfurt. Porque apenas aterrizamos en Fraport (Frankfurt Airport) todo lo italiano que veníamos escuchando se convirtió en alemán. Y entonces sí: dejamos de entender todo lo que hablaban a nuestro alrededor.

Nos llevaron hasta la estación de tren, a pocos minutos en micro. Averiguamos y nos pusimos felices una vez más: el tren que nos llevaba a Berlin salía en media hora. Había que correr, había que apurarse y había que sacar fotos…

Primero sacamos fotos, claro.

Debo agregar que el aeropuerto de Frankfurt es una locura. Hay un despegue y un aterrizaje por minuto. Hay aviones de todas las aerolíneas del mundo y es un mar de gente caminando y controlando y comprando y pasaporteando. Es tan grande y tan increíble y tiene tanta vida que hasta tiene su propia canción… En serio, no es joda. Ahí les adjunto el videoclip del aeropuerto. Decididamente, un tema que te vuela la cabeza!

El tren a Berlín sucedió en dos tramos; primero cojimos un tren local hasta Hannover, y luego conectamos con un tren bala de notable calidad y silencio alemán hasta la capital de Alemania.

De hecho, mientras escribo estas líneas el tren se acomoda en la terminal de Berlín. Ya casi son las cinco de la tarde y todavía nos queda encontrar Residenz Prenselberger, el lugar en el que reservamos un departamento. Pero ésa… ésa es otra historia.

PD: a propósito de los gastos que llevamos hasta ahora. Compramos una botella de agua divina a dos euros con cincuenta, trae más de medio litro y creo que la vamos a usar como cantimplora durante el resto del viaje.

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