jueves, 25 de marzo de 2010

Palacios




El despertador fue implacable con nosotros: sonó a las ocho en punto. Sin embargo, nosotros fuimos clementes con nuestro sueño y seguimos hasta las nueve. En ese punto, cuando mis ojos no podían creer lo que veían, nos levantamos de la cama. Y digo increíble porque el gris plomizo del día anterior había sucumbido ante un sol alucinante, primaveral y premonitorio.

El día pintaba bien, pero Vero no. Amaneció con el estómago revuelto y una cara de cansada que un poco me espantó.

-Cuántas horas de sueño necesitás, ardilla?, le dije irónicamente para ver si la risa matinal le sentaba mejor. Pero no fue así. Preparé capuccino para los dos y puse algunas cookies sobre la mesa. Vero apenas bebió un sorbo, ni miró las galletitas.

Nos cambiamos y salimos rumbo a nuestro destino: Potsdam. Vero tomó un Sertal y yo la obligué a comer algo. Lo hizo recién cuando bajamos del tren. Dudaba acerca de qué podía ser lo mejor y la convencí con unas frutas. Le hizo bien, y me hizo bien. Su semblante cambió como quien pasa de una canal a otro. El sol estaba bien alto y ya casi era el mediodía cuando entramos con el colectivo 695 en la cuesta rumbo al Nuevo Palacio.

Antes de contarles sobre el nuevo, debería primero hablarles del “viejo palacio”, que por supuesto no se llama así sino que tiene un nombre mucho, pero mucho más atractivo: Sans Souci. Pocas cosas vi tan vivas, alucinantes y palaciegas como el complejo que conforman éste palacio, el Nuevo y los jardines y otros mini-palacios que los rodean. Federico El Grande tiene aspecto de mameluco encorsetado en todas las pinturas que vimos, pero si de algo hay que estar seguro es que es grande, Federico. Y lo digo porque pensó todo su entorno, su reino, su vida en términos majestuosos, brillantes, marmólicos, rococó.

Tuvimos mala suerte: el Sans Souci no está abierto por estos días y nuestra obsesión de pisar alguno de esos edificios no fue posible, aún a pesar de que finalmente terminamos vistando el Nuevo Palacio. ¿Pero cómo es esto, joven? ¿Entraste o no entraste? Sí, entramos… ¿Y cómo que no pisaste el palacio… qué hiciste, flotaste? Ja. No, pero fíjese usted, amigo amiga lector lectora, que para entrar al palacio es necesario ponerse pantuflas para evitar…pisarlo.


El hombrecito que nos sirvió de guía y portero del palacio nos advirtió: “antes de entrar, usen eso”, e indicó unas pantuflas talle 50 para que Vero, yo y el resto de los pocos turistas que nos acompañaban, se calzaran (con zapatillas y todo) las deslizantes pantuflas.

Las salas del palacio son espectaculares. La primera que vimos, la sala de las conchas, es un espacio de desmesura náutica. Al parecer, el tal Federico quería impresionar a todos sus huéspedes, y mandó construir el Nuevo Palacio para tal fin. Esta primera sala tiene la particularidad de mantener el tema del agua y los monstruos marinos en todas las paredes y también el techo. Pero tal vez lo más alucinante de todo es que se trajeron 250 mil conchas marinas para decorar la habitación. El mármol, obviamente, le da esa frialdad submarina tan característica de los palacios. La sala es realmente maravillosa y es la entrada ideal para un paseo obligado dentro de Potsdam. El valor del ticket de entrada ronda los 12 euros, pero se puede pagar menos si uno recuerda llevar la tarjeta de estudiante (en caso de que lo sea o aparente serlo). Es recomendable también que el día elegido para la visita sea un día como el que a nosotros nos tocó: radiante, primaveral. Es la mejor manera de ver el brillo, los colores y la magnificencia de un lugar que se ha transformado en paseo pero que fue la morada de hombres ricos, poderosos, obtusos e igualmente genios. Paradojas si las hay­.

La visita sigue por varias habitaciones de la planta baja y la planta alta del palacio. Por supuesto no están todas las habitaciones habilitadas y el guía—portero te va llevando por cada sala abriendo y cerrando la puerta con llave. No parece un ritual del hombre ni mucho menos, creo que es la manera de asegurarse que no quede nadie detrás para hacer algo que altere el orden y la belleza.

Después del recorrido, con Vero hicimos el camino inverso al de la mayoría. Tal vez porque tuvimos la prudencia de preguntar en la sala de informes de la estación de tren, de antemano sabíamos que Sans Souci estaba cerrado y que la mejor manera de recorrer los palacios era empezando por el único que podía vistiarse, y desde allí, atravesar el jardín por el “camino real” hasta finalmente toparse a la izquierda con el majestuoso “viejo palacio”.

Sans souci es fascinante, está construido en lo alto de una colina, y tiene una escalera central con pisos a los costados y jaulas por doquier. Las jaulas podrían ser de cualquier cosa, pero fueron utilizadas para decoración (aspecto que, por cierto, se puede aprecias más entrada la primavera o lógicamente, en verano…)

Previo a iniciar la escalada rumbo al palacio, una fuente circular de proporciones desproporcionadas sirve de gigantesca pecera.

Los árboles, tallados como si fueran esculturas; y las esculturas, talladas como si fueran personas, decoran y hacen alarde de la historia, pero también del mantenimiento y restauración constante del lugar. La gente respeta, no toca, no grita, no tiene actitudes de masa, son sólo personas aisladas en un lugar ajeno, lleno de vida.




1 comentario:

  1. Me podes decir si eso que tenes en los pies son pantuflas aparatooooo !!!!!
    jajaja
    Besos
    Glenda

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