martes, 20 de abril de 2010
London Calling 2
viernes, 9 de abril de 2010
London Calling
El tren atraviesa la distancia en el tiempo en que nosotros tardamos en ver una película. Zumba, el tren. Zumba, el sonido del viento golpeando contra los ventanales reforzados. La campiña francesa queda atrás a 240 kilometros por hora. Es rápida y corta la campiña. ¿O somos nosotros, meteoritos terrestres que cruzamos de un país a otro? En este viaje hay un túnel. Un túnel subfluvial y muchos miles de millones de agua haciendo presión. Nosotros estamos entrenados para esto, para soportar la presión, y no sentimos nada, nada.
Una o dos o doscientas nubes corren en el cielo, el sol hace lo que puede y cuenta su historia insinuando sus eróticos rayos; pero luego otra nube, y entonces el ciclo del clima se transforma en una constante película que sucede en el cielo y se siente en el cuerpo. De todo lo que vimos hasta ahora de Londres, lo más absurdo y desconsiderado con el ser humano es el clima de esta ciudad.
2.
Underground. O subte, como quieran. Pero se dice underground o tube y vamos a respetarlo porque ésta ingeniería perfecta y magnífica que corre por debajo de las calles y las avenidas y el Palacio de Buckingham merece respect. El underground de esta ciudad no tiene tantas líneas ni tantos kilómetros como el Metro de París, pero para que se den una idea, si arriba se vive Londres, aquí debajo se encuentra el corazón, y late de a un minuto por vez, cada vez que un tren llega a una estación.
El imperio británico ha construido buena parte de su historia sobre rieles. Han sido precursores y verdaderos genios en la diagramación y perfeccionamiento de esta manera de viajar, y cierto es que las terminales que estamos acostumbrados a ver en Buenos Aires (Retiro, Constitución...) son un reflejo un tanto desteñido y deteriorado de las terminales inglesas. De hecho, son iguales. Lo que cambia es el contenido, y eso es inmanejable. Aquí todos tomamos el tube: el inglés de traje costoso y perfume dulce; la ama de casa gordita y rechoncha, algo rosa por el calor subterráneo; el estudiante con su mp3, la tímida rubia de aspecto suizo con su mp3, el abuelo de anteojos y diario e
Es brillante y estremecedor sentir y vivir la puntualidad y la calidad. Es inspirador el clima etéreo de aquí debajo; porque arriba... Arriba es otra historia.
Salimos a la calle y la lluvia nos recibe y nos despide a la otra cuadra. Sale el sol. Hace frío y entonces el sol se enoja y se va. Ahora está nublado y no llueve. Pero amenaza. Sale el sol. Ahora sobreviene un aguacero de magnitudes tropicales. Mejor, meterse en un pub y probar una cerveza bien tirada. Lo hacemos, nos sentamos y alguien nos atiende. Tardamos entre todo.... cinco minutos. Afuera, sale el sol: llegó la primavera.
Frente a la demencia del clima, la coherencia inglesa abruma. Aquí, a las seis de la tarde el trabajo pasa a mejor vida: los locales cierran, los empleados salen en masa y, lejos de ocultarse en sus tristes casas, van al pub. Y cuando digo van al pub... van al
Es ideal.
Estamos ahora en el Soho londinense. Martín trata todavía de entender como un teatro antológico dedicado a recitales, y que él mismo pisó para ver a uno de sus bluesman, desapareció. Mejor dicho: una gran estructura recubre la zona y toda el lugar es una obra en construcción. Se pregunta y se repregunta. ¿Cómo puede ser que hayan tirado abajo este lugar? ¡Cómo! ¿Por qué? No hay lágrimas, pero casi. Hay dolor. Hay tristeza y recuerdos. Pienso en mandar una carta a la Real Academia Española y proponer una nueva palabra para incluirla en el Diccionario: Martinizar
Estamos en el Soho, decía. Algunos tienen frío; yo, como siempre, no. Entramos a un pub. Tomamos. Salimos. Entramos a otro. Tomamos. Salimos. Estamos de rotation, y es jueves. Para la cena, un restó chino con chinos de verdad. Martín y yo pedimos juntos. Vero elige otro plato y espera. Llega una sopa: la deleitamos. Llegan los platos, los devoramos. Llega la
Picadilly explota en luces, y nosotros estamos satisfechos por hoy. Fue la primera noche y ya casi empieza un nuevo día. Estamos lejos de nuestro departamento pero no importa. La ciudad está viva, respira el constante ruido de las grandes ciudades. Debajo hay un corazón latiendo. Debajo, hay un corazón esperando por llevarnos a casa.
miércoles, 7 de abril de 2010
Así es París
viernes, 2 de abril de 2010
Un museo, toda la historia
París, lluvia y amor
Brujas encantador
viernes, 26 de marzo de 2010
Amsterdam en tres tiempos
Como ciudad movediza y traviesa que es, Amsterdam vive a tres tiempos. Podría decirse que el primer tiempo oscila éntrelas tres de la madrugada y las diez de la mañana. En esas horas aciagas, la ciudad duerme lo poco que puede y se acicala para lo que sigue. Hay una leve brisa que corre entre los canales y las calles cuando la noche deja de ser noche y la madrugada cobra protagonismo. En algún lugar de la ciudad, las voces ya no son gritos, son bostezos. En alguna esquina una muchedumbre se disipa y se hace neblina. En algún puente una pareja de enamorados se evapora y queda el perfume del último beso.
Amsterdam vive uno de sus tiempos en cámara lenta. Y es el único.
Por la mañana, cuando la claridad hace menos chillonas las luces de neón, o cuando las chicas del Barrio Rojo se cansan y dejan pasar a cualquiera por lo que cualquiera pueda, y hasta cuando la estación central lentamente vuelve a su ruido habitual, una Amsterdam humana, sudorosa y de carne y hueso aparece y se muestra. Cientos de proveedores llenan las calles, estacionan dónde pueden, trabajan como en el resto del mundo en un lugar que no se parece en nada nada al resto del mundo.
El segundo tiempo de Amsterdam nace luego del desayuno de los turistas. A eso de las diez, cuando empiezan a salir de los hoteles, de los hostels, los bed & breakfast, cuando salen las casas rentadas, de las piezas de alquiler, de las habitaciones flúo del Red Light District, la capital de Holanda vive su segundo tiempo.
Y es en éste tiempo que la vida que todos conocen de la ciudad lentamente vuelve a despertarse. Los bares ponen a calentar sus máquinas de café, los pubs que todavía huelen a tabaco y marihuana de hace algunas horas, abre para cocinar huevos revueltos, tocino y panes tostados. Algunos ingleses pasados todavía buscan una cerveza más, y apenas consiguen una lata a medio enfriar. La ciudad que no descansa y no deja de gritar, lanza sus primeros chillidos al promediar la tarde.
El tercer tiempo de Amsterdam es el loquero. Es la hoar de las luces y los “ven aquí, jovencitou…” al tiempo que un dedo erótico atrae hombres a las puertas del deseo. El tercer tiempo de Amsterdam es el del humo espeso, el dulce olor, el aroma prohibido, la imagen de la lujuria hecha legal. La amsterdam que todos conocen vive sus horas más agitadas cuando la noche es noche y el día una sombra en las agujas del reloj de la torre. Es en estas horas cuando gritar es comunicarse y reír la forma de alucinar.
Hay horas en las que más vale callar.
Las bicicletas convierten sus sendas en un verdadero caos de tránsito. Acá no hay bocinas sonando ni hombres insultando, hay rings rings en las esquinas, excuse me en los semáforos, sonrisas entre ciclistas. En la ciudad que vive a tres tiempos, el amarillo de los semáforos no existe.
Dejamos Amsterdam una mañana gris y ventosa. La estación sufrió un corte de luz apenas llegamos y por un instante pensamos en que nuestra actitud “unplugged” había llegado hasta la propia central eléctrica de la estación. Claro que no fue así: volvió la luz, volvió el servicio de reservas y volvió la exactitud de los europeos. Habían pasado pocos minutos de las ocho y nuestro tren, silencioso y vacío, agradable y último modelo, escapaba de la ciudad sin humor pero con un destino: Brujas, allá en Bélgica, esperaba solemne recibir ojos que nunca la habían visto.
Ella tenía magia entre sus manos para nosotros, pero eso… Eso es otra historia.