martes, 20 de abril de 2010

London Calling 2

Después de dormir en unas cómodas camas inglesas y de taparnos con abrigados edredones escoceses, la segunda mañana en Londres empezó. Un desayuno improvisado y un mapa en la mano fue más que suficiente para llenarnos la panza y la mente. Una vez más caminamos hasta Earls Court Station. Nuestro objetivo era el arte y la historia, especialmente los tesoros del antiguo Egipto. Lo bueno de Europa es que no hace falta volar demasiadas horas para ver los grandes tesoros de la humanidad, y en este caso alcanzó con un par de estaciones hasta el British Museum.

Una de las ventajas que Londres trajo a nuestros bolsillos (tal vez la única) fue la confirmación de que la entrada es gratuita. Estamos frente a una entrada pequeña y poco majestuosa, no hay mucha gente y tememos por la hora de cierre. Sin emgargo, en seguida nos relajamos: un afroameriano que hacía las veces de hombre de seguridad nos explicó que las el british cerraba a las ocho y media. También supo indicarnos cómo acceder rápidamente al sector egipcio, luego nos repartió unos folletos poco interesantes y allá fuimos. El museo británico es uno de los más completos y elogiados del viejo continente aunque esté lleno de objetos saqueados, robador, birlados. La sala egipcia es la gran atracción. Chicos y grandes se quedan momificados antes las momias. Son muchas y todas son hermosas (las momias). Apenas una caja de cristal separa el milenario pasado de nuestro inmaterial presente, las manos de muchos se deslizan por el vidrio intentando alcanzarlas, en vano. Entre la docena de sarcófagos está el de Cleopatra, el cual suponemos contiene su cuerpo. Nos sentimos maravillados. Nos gusta batante más que el tema de "Las viudas...". Le sacamos unas fotos para recordar el momento.

Seguimos camino a través del espacioso museo, que está dividido y diagramado como los viejos museos de la década del '70. Es agradable caminarlo y por un momento coincidimos con Vero en que es bastante más ameno que los incontables/insondables metros del Louvre.
Con Martín tuvimos el desliz de pensar que la puerta por donde habíamos entrado era la principal, pero aquella teoría rápidamente quedó en la nada: al girar en una sala nos encontramos con un techo vidriado y hermoso. Es la gran entrada al museo y nuestra gran salida. El lugar es espléndido, brilla por todos lados y tiene las dimensiones que uno podría esperar para un lugar como éste. Hacemos algunos chistes entre los tres y caminamos sin rumbo pero con decisión. Vero quiere hacerse la foto con la cabina de teléfonos y nosotros se la producimos. Intentamos engañarla y salir corriendo para dejarla sola: la idea no prospera, una sirena en la lejanía le prende la lamparita a Martín "che, no pensarán que la estamos afanando, no?" Ufa. Se termina el chiste y la foto.

Waterloo Station. Un mundo de gente se mueve en sentidos insólitos. Miro a todos lados, en todos lados gente que mira y camina. Camino y miro. Hay personas en todos los rincones, hasta en los techos unos cuatro o cinco delirantes limpian los techos. Coraje de altura. Salimos y decidimos hacer una larga caminata por la ribera del Támesis. De a poco llega la hora del almuerzo y nuestros estómagos nos hablan en todos los idiomas posibles. Tomamos un bus doble piso, hacemos unas cuantas cuadras y bajamos en algún punto que ahora no podría especificar. Durante el viaje, Martín se ufanó de una virtud que él ha denominado "memoria fotográfica". Debo admitir que le ha fallado bastante, pero en su 'prueba - error' ha dado con los lugares a los que nos había prometido llevar. No es un buen guía, pero es un gran compañero de viaje. Decía que íbamos en una dirección que no recuerdo y por suerte no es lo importante de la historia. Lo realmente interesante fue que el joven Sassone encontró de casualidad un mercado del que venía hablando desde hacía largo rato. Estaba a la vuelta de la esquina y cuando lo vimos supimos que nuestro almuerzo estaba resuelto.

Welcome to the magnificent Burough Market.

Piso la vereda y mojo mis zapatillas todo terreno. Un poco de agua entra por la tela y empapa mis medias. Debería preocuparme pero como creo en las buenas vibraciones, rápidamente mi mente funciona como un secador innato. El mercado exhuda olores de todo tipo: pollos que se deshacen en caldos, sopas que burbujean en ollas de campamento, guisos que lanzan señales de humo mientras una mano hábil los revuelve en sartenes enormes. Hay humo en todos lados y mis ojos parecen lagrimear. Smoke gets into your eyes.
Este lugar es una locura: probamos un poco de todo, compramos lo que nos alucina y degustamos de a dos manos. Primero un poco de sopa, luego un guiso espectacular con frutos de mar, papines sin pelar y arroz apelmazado tipo chino pero no tanto. Luego un espectacular stand nos recibe con diez o doce variedades de aceitunas. Martín se abalanza, compra un bol y las come con inusitada velocidad: tengo miedo por él, parece estar en un estado de insania total. Junto a las aceitunas, otro stand llama nuestra atención: el de los quesos. Un joven inglés, simpático y carismático, nos hace probar un reggianito picante y adictivo, pero luego nos acerca otro plato que nos vuelve aún más locos: es un queso duro con consistencia y sabor tipo parmesano pero con pequeños pedazos crocantes de algo que parece miel. Es una demencia total que me vuelva el bocho. Compro inmediatamente los 100 gramos correspondientes y los tres, como dos buenas ratas y una ardilla, saboreamos los pedacitos agarrándolos con las manitos y despedazándolos con las paletas bien afiladas. "Es un escándalo". "Sí". "Es una locura". "Lo es". "Tengo sed, dame más...".

El mercado no se detiene y avanza por debajo de las vías del ferrocarril. Nos adentramos y encontramos otra delicia gourmet: hamburguesas vegetarianas. Otro desquicio, otra compra. Esta vez, damos con el local más pedido, nos toca hacer una cola más o menos larga pero los dos chicos a cargo de la cocina y la atención son rápidos, metódicos, astutos e inquietos. Van y vienen y en un dos por tres nuestras manos sostienen el tesoro. Qué locura el pan, el relleno, la hamburguesa. Creo que no hablamos hasta el último bocado. Seguimos haciendo pie, haciéndonos paso por entre la gente y los puestos. Llegamos a una especie de salida pero unos carteles con dedos como flecha nos anuncian que hay más. Y había más.

El mercado es realmente bonito y colorido y hay de todo. En una segunda zona los puestos están más separados y la gente tiene un poco más de lugar para moverse. Hay más comida, nosotros decimos basta y salimos en busca de algún nuevo destino. Veremos si lo encontramos merced a nuestros sentidos o a la "memoria fotográfica".



viernes, 9 de abril de 2010

London Calling

1.
El tren atraviesa la distancia en el tiempo en que nosotros tardamos en ver una película. Zumba, el tren. Zumba, el sonido del viento golpeando contra los ventanales reforzados. La campiña francesa queda atrás a 240 kilometros por hora. Es rápida y corta la campiña. ¿O somos nosotros, meteoritos terrestres que cruzamos de un país a otro? En este viaje hay un túnel. Un túnel subfluvial y muchos miles de millones de agua haciendo presión. Nosotros estamos entrenados para esto, para soportar la presión, y no sentimos nada, nada.
En mis auriculares, Bob Marley canta "Bad boys, bad boys... what you gonna do, what you goona do when they come from you..." , justo cuando la oscuridad es total y la velocidad, suponemos, también. De pronto, luz de nuevo, pero ahora el sabor de la crepe queda atrás y todo se saborea en otro idioma, and mind the gap. Lllegamos a Londres. Todo esto fue rápido rápido y sin dolor. Llegamos a Londres y fue por cesárea.

Una o dos o doscientas nubes corren en el cielo, el sol hace lo que puede y cuenta su historia insinuando sus eróticos rayos; pero luego otra nube, y entonces el ciclo del clima se transforma en una constante película que sucede en el cielo y se siente en el cuerpo. De todo lo que vimos hasta ahora de Londres, lo más absurdo y desconsiderado con el ser humano es el clima de esta ciudad.

2.
Underground. O subte, como quieran. Pero se dice underground o tube y vamos a respetarlo porque ésta ingeniería perfecta y magnífica que corre por debajo de las calles y las avenidas y el Palacio de Buckingham merece respect. El underground de esta ciudad no tiene tantas líneas ni tantos kilómetros como el Metro de París, pero para que se den una idea, si arriba se vive Londres, aquí debajo se encuentra el corazón, y late de a un minuto por vez, cada vez que un tren llega a una estación.
El imperio británico ha construido buena parte de su historia sobre rieles. Han sido precursores y verdaderos genios en la diagramación y perfeccionamiento de esta manera de viajar, y cierto es que las terminales que estamos acostumbrados a ver en Buenos Aires (Retiro, Constitución...) son un reflejo un tanto desteñido y deteriorado de las terminales inglesas. De hecho, son iguales. Lo que cambia es el contenido, y eso es inmanejable. Aquí todos tomamos el tube: el inglés de traje costoso y perfume dulce; la ama de casa gordita y rechoncha, algo rosa por el calor subterráneo; el estudiante con su mp3, la tímida rubia de aspecto suizo con su mp3, el abuelo de anteojos y diario en mano; los turistas, los empleados, los delincuentes, los turcos, los marroquíes, los hindúes, los mexicanos, los ecuatorianos, los fraceneses y rusos, los españoles, la familia de españoles, el grupo de españoles, el contingente de estudiantes españoles, y Martín y Vero y yo. Todos.
Es brillante y estremecedor sentir y vivir la puntualidad y la calidad. Es inspirador el clima etéreo de aquí debajo; porque arriba... Arriba es otra historia.
Salimos a la calle y la lluvia nos recibe y nos despide a la otra cuadra. Sale el sol. Hace frío y entonces el sol se enoja y se va. Ahora está nublado y no llueve. Pero amenaza. Sale el sol. Ahora sobreviene un aguacero de magnitudes tropicales. Mejor, meterse en un pub y probar una cerveza bien tirada. Lo hacemos, nos sentamos y alguien nos atiende. Tardamos entre todo.... cinco minutos. Afuera, sale el sol: llegó la primavera.
Frente a la demencia del clima, la coherencia inglesa abruma. Aquí, a las seis de la tarde el trabajo pasa a mejor vida: los locales cierran, los empleados salen en masa y, lejos de ocultarse en sus tristes casas, van al pub. Y cuando digo van al pub... van al pub. Cientos de hombres y mujeres se tumban hasta las once de la noche en una charla a gritos que tiene básicamente tres condimentos: la cerveza, la risa y el sentirse entre amigos. Díganme si no es vivir eso... A ver, reto a duelo a quién sugiera una idea mejor: colgar los botines a media tarde y olvidarse de todo hasta que una campana seca y ruidosa anuncia, diez minutos antes de las once, que hay una ronda más para comprar antes de que todo finalmente se acabe y entonces, sí: a casa a bañarse, ponerse el pijama y mirar un poco de Mr. Bean.
Es ideal.
Estamos ahora en el Soho londinense. Martín trata todavía de entender como un teatro antológico dedicado a recitales, y que él mismo pisó para ver a uno de sus bluesman, desapareció. Mejor dicho: una gran estructura recubre la zona y toda el lugar es una obra en construcción. Se pregunta y se repregunta. ¿Cómo puede ser que hayan tirado abajo este lugar? ¡Cómo! ¿Por qué? No hay lágrimas, pero casi. Hay dolor. Hay tristeza y recuerdos. Pienso en mandar una carta a la Real Academia Española y proponer una nueva palabra para incluirla en el Diccionario: Martinizar

Estamos en el Soho, decía. Algunos tienen frío; yo, como siempre, no. Entramos a un pub. Tomamos. Salimos. Entramos a otro. Tomamos. Salimos. Estamos de rotation, y es jueves. Para la cena, un restó chino con chinos de verdad. Martín y yo pedimos juntos. Vero elige otro plato y espera. Llega una sopa: la deleitamos. Llegan los platos, los devoramos. Llega la cuenta, nos vamos.
Picadilly explota en luces, y nosotros estamos satisfechos por hoy. Fue la primera noche y ya casi empieza un nuevo día. Estamos lejos de nuestro departamento pero no importa. La ciudad está viva, respira el constante ruido de las grandes ciudades. Debajo hay un corazón latiendo. Debajo, hay un corazón esperando por llevarnos a casa.


miércoles, 7 de abril de 2010

Así es París

Vero me dijo que tenía que colgar algo en el blog sobre la ciudad en sí misma. Tiene razón. El problema es cómo. Digo, sí, claro, tengo idea de cómo llevarlo a cabo, el problema es por dónde empezar. París tiene tanto y es tan vasta en todos lo sentidos imaginables, que cualquier cosa que diga seguramente estará fundada y escrita en otro lado, en otros cientos de lados. Pero bueno, al fin y al cabo éste es nuestro blog y al menos nos ufanamos de no hacer copy-paste.
Para decirlo en una frase, París es exagerada. Y esto lo incluye todo. Es exagerada la torre, con sus 324 metros y sus cientos de miles de visitas, los millones que recauda y las miles de lucen que la alumbran. El Louvre es una exageración, con sus esculturas, y sus cuadros y sus documentos, y sus fotos y sus pasillos y recovecos palaciegos. El Louvre es el museo de los museos, el museo por excelencia. El Louvre, digamoslo, exagerado.
Es exagerado el Sena. Caudaloso y soberbio, exageradamente frío, peligroso y embustero. Es exagerado, sí. Hasta el tamaño de los barcos y cruceros que lo navegan es una exageración. Ampulosos y elitistas, vidriados y visión 360, con capacidades para cientos, miles, quién sabe. Son exageradas sus catedrales: Notre Dame y Sacre Coeur. Saint Chapelle y la Sorbone. Ampulosas, desmesuradas, todopoderosas, sacrosantas, pecadoras.
París es el colmo de la exageración. Sus edificios son tan exagerados que se cuentan de a pares. Fíjense en los dibujos de los campos de marzo, en la simetría de sus avenidas, en las diagonales que se cruzan y entrecruzan, las curvas de las calles, las contracurvas de las cortadas. Francia sufre algún tipo de obsesión histórica con la simetría, donde hay un monumento significativo, enfrente hay otro igual. Pasa con el diseño de los parques, pasa con la edificación de todos los grandes palacios. Pasa con todo. Y es exagerado.
Su gente también es exagerada: reacios a hablar otro idioma que no sea el propio, arrogantes y ventajeros. Y finalmente, nosotros: los turistas. El colmo de la exageración. El clímax y el deleite de las agencia de viaje, los turistas en París. Somos tantos, somos tantos como los parisinos, y somos más obtusos y curiosos, poco educados y gritones, somos exageradamente fotógrafos y fotografiados. Somos turistas y exageramos todo lo que vemos, como si aquello fuera de otro planeta... Aunque, claro, como dice Vero: "tenés que escribir algo de la ciudad". Y no sé, no sé, es todo tan exagerado que tengo miedo de que este texto sea lo tediosamente exagerado como para no lograr lo que quiero.
Paris nos dejó maravillados en todos los aspectos, nos sacó el aire. Nos ahogó y nos dio de comer. París encontró en nuestros ojos la maravilla que faltaba ser mirada. Londres está en nuestro horizonte. Se eleva allá, sin querer imaginarla pero deseandola. Deseando también que cada nuevo dia sea como los últimos cuatro: una verdader exageración.

viernes, 2 de abril de 2010

Un museo, toda la historia

El museo del Louvre tiene un encanto particular: ese magnífico edificio es en realidad un palacio que fue construido sobre otro que fue derrumbado. Yo no sé ustedes, pero eso es lo que yo llamo ‘pisar fuerte’. Y como los reyes franceses siempre fueron bien porongas, ahí va: “Tirame el castillo que te construyo otro arriba… y dale que va, dale y dale…” Qué grosos, che…
Bien, convengamos que todo esto es una exageración total. Es una desmesura tan absurda que no hay palabras para describirlo, por lo tanto hay que mirarlo hasta que te de asco. El problema es, vamos, que jamás sobreviene el asco y lo único que queda en la boca es un sabor dulce y aromático.
Como los perfumes franceses, pero más barato.
Napoleón, que no era ningún gilipollas, vivió sus buenos años en una parte de este palacio, y a pesar de que ahora esa ala está cerrada por refacciones, todo lo demás es una demostración de que si hay algo que sobra en este lugar es opulencia y magnificencia.
El museo está dividido en cuatro alas. Dos de ellas son de público acceso (la entrada general cuesta 9,50 euros; y no hay descuentos para estudiantes extranjeros ni menores de 25) y contienen las obras más populares; es decir La Gioconda, La Venus de Milo, las bodas de Caná (un mural impresionante!!) y otras obras de tipos con virtudes sobrehumanas que dejaron en el devenir de la historia imágenes sobrecogedoras de sus creencias y vivencias.
Otra de las alas conecta con la zona comercial El carrousel del Louvre. Allí está la famosa pirámide invertida (sí leíste el Código Da Vinci sabés de lo que hablo…) y una serie de locales muy lindos y turísticos, excepto por uno en especial que se lleva todas las miradas y vale la pena resaltar: el de Apple. Todas las mac, todos los iphone, imac, itablet, imás y más y más que te puedas imaginar. Con Vero nos volvimos locos y nos sacamos las ganas y de navegar gratis y a toda prisa. Chequeamos mails y escribimos en facebook. Aproveché y busqué cómo llegar a un lugar que elegí para nuestra última noche en París: se trata de un bar de jazz y de blues que justo presenta un homenaje a los Blues Brothers. Veremos, veremos…
Pero me fui a lo comercial sin pasar por el arte… perdón. Vuelvo entonces: el museo contiene tantas obras y esculturas y lienzos, y pedazos de cultura de Egipto, Roma, los etruscos, Asia, Oceanía, América Central, América del Sur y Africa que una y otra vez surge la duda acerca de por qué todos esos elementos que hacen a la cultura de un pueblo, un país o una región no están en el lugar que les corresponde estar. El debate es eterno; el que dice que no deberían estar allí, tiene a otro que le retruca y le sugiere que si no estuviera la esfinge egipcia del siglo V antes de Cristo expuesta en el ala Richelieu del Louvre, a esta altura de la humanidad sería pura piedra. Puede que sí, puede que no: también vale aquel que dice que ‘bueno, que ya está bien, que ya lo rescataron de la barbarie y que mejor que lo devuelvan ahora que nunca’. Discusión eterna, pero más vale continuarla así: sin resolver. Total, al Louvre por cada pieza le entra 9,50 euros por persona a una velocidad y con un caudal espeluznante. Clink, caja!
Vero y yo quedamos abombados de tanto arte. Y tampoco que fuéramos idiotas, ni tanto. Muchas otras personas reposaban, dormían y cerraban sus ojitos sentados en alguna silla o sillón o simplemente en una esquina. El Louvre te torra, no por aburrido pero sí por excesivo.
Después de bruta panzada de arte, teníamos hambre. Decidimos salir del museo, caminar un poco por la ribera del Sena, cruzar al otro lado por el Pont Neuf y enfilar hacia algún lugar que nos diera algo para comer a un precio digerible.
Conseguimos casi todo: encontramos el lugar, la comida, la bebida y… el precio hasta ahí… Fueron 20 euros, tampoco la pavada, pero por esa plata (razonamos después) podríamos haber aprovechado todavía más las opciones gastronómicas que ofrece la ciudad. Diría que nos dejamos llevar más por nuestro estómago que por nuestra inteligencia. Pero eso, no nos pasará de nuevo (hasta hubo juramento!)
Ah! Me olvidaba de una anécdota brillante. En uno de los tantos viajes que hicimos en subte, creo que incluso fue el primer día, decidimos bajarnos una estación antes y caminar hasta el hostel. Esa estación era Bastille, y se llama así porque en la superficie se levanta, imponente, el monumento a la Bastilla, que, como ustedes recordarán, es el emblema de la patria grande de Francia. Libertad, igualdad y fraternidad… Ese lema y la bastilla están íntimamente ligados. Y ese lugar es, además, el sitio elegido por los parisinos para hacerse escuchar. Qué tal que salimos al asfalto y se festejaba el “No Sarkozy Day”. Un simpático rejunte de francesitos de todos los colores y aspectos. Había gente naif, formales de traje y perfume, mujeres con la bolsa de las compras y el changuito, turistas como nosotros, jóvenes darks vestidos de negro y con parafernalias de muchos colores y metales y cosas colgando de sus cuerpos, que movían su cabeza a un ritmo frenético como si trataran de que la única neurona viva que llevan dentro les hiciera sonar el cerebro como sonajero. También había otro tanto de extras pero ahora no los recuerdo. El caso es que había como tres o cuatro acoplados con ventana donde se disponían distintos tipos de eventos para, básicamente, repudiar al tal Nicolás (presidente de La France, amante empedernido, esposo y cornudo todo a la vez de la ex cantante y botinera musical de lujo Carla Bruni, que está tan buena como una crepe) apuro canto. Pero mientras unos rapeaban y mezclaban con bandejas y computadoras, otros usaban máscaras grotescas de Sarkozy, o vendían postales insultándolo o simplemente tomaban cerveza. La mayoría llevaba calcos o remeras alusivas al 27 de marzo, el No Sarkozy Day. De más está decir que por un instante traspolé esta situación a mi querido país y no sé por qué rápidamente lo anulé de mi cabeza. Tuve miedo, lo digo así, de pensar que semejante acto fuera “en el mundo virtual” un acto golpista de Clarín.
Mejor, nos quedamos en París. Au revoir

París, lluvia y amor

¿¡Qué podría decir de París que todavía no se haya dicho?! Qué adjetivos puedo esbozar que sean originales, que den una mirada distinta, una perspectiva diferente de una ciudad que lo tiene todo, y justamente por eso es desmesurada y grandilocuente, egocéntrica y subterránea, difícil y egoísta, todo a la vez.
Llueve en París, y son lágrimas las que caen del cielo. Son señales de los dioses que tienen envidia, son signos de que esto que nos rodea es –fue y será- una creación humana con destellos divinos. Y los de arriba se quejan. Y con razón.
Llegamos a París con el cielo cambiado. Bélgica nos despidió con sol pero en la frontera con París todo se dio vuelta. Costó llegar al hostel. Ya no tanto por esta loca idea loca de ubicarse en el mundo; costó porque el cuerpo de Vero (y el mío también) da señales de carencia de ejercicio, o al menos no el suficiente. Se siente en la planta de los pies y se sienten en nuestras espaldas el peso de los kilómetros caminados y las vueltas sin rumbo a cualquier lado. Se nos pasa al despertar, pero como el sol, aunque no lo veamos el cansancio… siempre está.
Sin embargo, nada nos detiene. Caminar por Europa es, ya lo dijimos, un deleite y una necesidad imperiosa. Hay que caminar por estas calles y escuchar a su gente, mirarla actuar, someterla a juicio sin veredicto y entender el enigma que encierran estas paredes gigantes y ornamentadas. Hay que saber de Francia, por ejemplo. Saber de sus guerras y sus conquistas, de sus hombres grandes, de sus miserables hombres grandes, y de sus próceres y sabandijas. Hay que percibirlos en la piel, imaginar por un segundo que se puede viajar en el tiempo y entonces el palacio de Louvre está a medio hacer, la torre a medio construir, el Sena a medio encausar. Hay que hacerlo para entenderlo. Y así y todo, al final volver a pensar porqué estamos acá. Por qué creemos que este viaje es mucho más que bellos paisajes y lindas vistas.
Les decía que la lluvia había sido el signo de la llegada, y de alguna manera iba a marcar el pulso de nuestra estadía en este lugar. Fue una primera noche excitante. Vero volvió a quedarse con la boca abierta, yo volví a intentar cerrársela pero con una diferencia: esta vez, yo quería también que ella cerrara la mía.
Dimos unas vueltas tremendas, los pies nos latieron buena parte del camino pero al final de aquella travesía, al volver de esa larga caminata, la alegría que sentíamos era todo lo que necesitábamos para desayunar a la mañana siguiente.
Antes de hablar de lo que sigue, debería primero hacer un apartado sobre el Bastille Hostel. La historia de este lugar es como cualquier otra: durante buena parte del año pasado buscamos lugares para hospedarnos, con el requerimiento de que fueran baratos, bien ubicados y con baño y ducha en la habitación. El Bastille reúne todo eso y por eso después de algunas consultas entre nosotros terminamos cerrando con este lugar.
Ubicación: el hostel está a sólo tres cuadras de la estación de metro Ledru-Rollin. Esa estación pertenece a la línea 8 de la red de metro de París. Este es un dato vital, porque el metro en esta ciudad tiene 14 líneas… Para los que llegan en tren a Paris Nord es muy sencillo: se toman el metro línea 1 en la estación y buscan el punto de cruce con la línea 8. Luego se bajan en la estación indicada y salen a la luz. Debo admitir que apenas salimos del metro con Vero me ubiqué rápidamente. Con esto no quiero decir que yo sea “el genio del GPS” ni mucho menos, pero como en la previa estaba muy ansioso se me ocurrió buscar en Google Street la dirección del hostel. Y oh! maravilla, aparece tal cual está hoy. Así que además de ver el frente del hotel, memoricé algunos locales, el café de la esquina, la plaza de la vuelta…en fin. Lo que se dice trabajo de investigación. Por mucho que digan, al hostel lo encontré en un periquete (ja, qué ganas tenía de escribir “periquete”)
Los recepcionistas del hostel son buena gente pero no saben mucho inglés y mucho menos español. Se entiende lo que dicen, pero guarda con preguntarles direcciones o recomendaciones o “cómo llegar a…”. Puede que terminen en otro país. Con respecto a la habitación, no hay quejas por el momento. Es relativamente amplia, tiene las camas en formato “marinera” y el baño, la ducha y el lavatorio está todo junto –bien francés, voilá- pero asequible y ordenado. Recomendación: ojo con bañarse demasiado tiempo; a Vero le pasó que se fue de mambo y casi se inunda el hotel. Buena parte de la habitación se llenó de agua y tuve que correr para que algunas cosas se salvaran de mojarse. No fue mucho, pero fue. Vero, con su ironía típica deslizó: “Y bueno, che… A los franceses no les gusta bañarse mucho rato… A mí, sí”. Ja, mirenlá…
El segundo día en París fue arriba, no tan arriba como el tercero, pero bien arriba. Nos levantamos temprano el domingo a la mañana y nos fuimos directo a Montmatre. Cielo gris nuevamente, lluvia nuevamente, subte nuevamente, voces en todos los idiomas y gente nuevamente, muchedumbre en Sacre Croeur y otra fiel demostración del estado “unplugged” en el que vivimos.
-Vero, qué pasa… cuánta gente…
-Sí, por qué será…
Será qué será, era Domingo de Ramos. Y nosotros, ni enterados.
Cuando caímos en la cuenta de todo, los olivos abundaban, el incienso se sentía en toda la iglesia y la gente emanaba de cualquier lado. Creo que hasta una estatua insultó a una española que, desubicada como pocas, hablaba a un nivel espectacular, como si estuviera en el Pachá de Ibiza. Dicho sea de paso: en esta iglesia hay pequeños hombrecitos que caminan y callan a la gente y le piden –también a gritos, lo que concluye en una incongruencia al pedir ‘respeto y silencio’- que por favor no saquen fotos de ninguna clase: ni con flash, sin flash, con exposición, sin exposición, con gran angular, con ojo de pez…nada. Ni una foto a los santitos. ¿Quieren fotos? Pasen por la santería que hay un montón.
Mientras mirábamos a estos “oompa loompa” de la fábrica de hacer fe, caminamos alrededor de la basílica admirando lo que había alrededor. Una vez más, la maravilla abrumadora de la iglesia sucumbe al hombre y lo deja sin palabras. Tal vez por eso la historia habla de silencio y penitencia… No me voy a poner a hablar ahora de religión, por favor no. Pero tengo mis ideas… Ojo, que las tengo y en cualquier momento las zampo en el blog… chaarán!
Dejamos la iglesia y sacamos fotos entre los paraguas, la multitud y la lluvia. No fueron buenas excepto las que Vero sale en primer plano. Después, bajamos y caminamos hasta otra estación de metro porque ya sabíamos qué íbamos a hacer a continuación.
Nuestro próximo destino: el Louvre.

Brujas encantador

Es prácticamente inevitable empezar este diario de viajes sin hablar primero de la naturaleza… Ja! Me refiero al clima que acompaña nuestro viaje. Ayer cuando tomamos el tren desde Amsterdam a Brujas, sabíamos que la cosa no iba a estar fácil. El cielo gris, plomizo, y la ventisca de la mañana holandesa nos anticipaban algo de frío para más tarde. Sin embargo, Bélgica decidió cambiar el rumbo de esa historia.
Llegando a Brujas, algo dormidos, algo palmados, una leve esperanza de sol se asomó por entre medio de dos nubes caprichosas. Desde la estación, un colectivo nos dejó a tres cuadras del hostel. El Bauhaus es un hostel que está formando su imagen de “buen hostel” en toda europa. Tiene varias sedes y este mes abrían en Praga un espacio nuevo. El de Brujas está en refacción. Lo están acondicionando estos días para que llegue al verano listo para ser usado a pleno. Los carpinteros trabajan a pleno y llegar a la habitación requiere de cierta destreza; fíjense que hay que esquivar baldes de cemento, latas de pinturas y algún que otro martillo en medio de paredes que tienen carteles de “Recién Pintado”. Todo eso, con las mochilas a cuestas. Se requiere, ciertamente, algo de destreza.
La habitación nada tiene que ver con la obra en construcción. Un cómodo espacio con dos camas acogedoras, sábanas y frazadas bien abrigadas y un lavatorio con espejo lo suficientemente grande para que Vero se mire un rato… un rato largo… un rato larguísimo… “bueno, verito, vamos para la calle?”, le dije y cayó en cuenta de que afuera había otras cosas lindas también.
Y Brujas… Brujas es realmente espectacular. Creo que el viaje vale sólo para ver la torre Belfry. Es una torre construida (escuche bien, lea bien…) en 1240, y es impactante por dónde la miren. Pero además se ve desde cualquier lugar de la ciudad, así que sirve además como referencia espacial si uno está perdido y no tiene un mapa, gps o alguien avezo con el idioma como para preguntar a un local. Por supuesto que tiene más atracciones: la iglesia donde se supone está la sangre de cristo, infinidad de museos, etc. La ciudad es muy amigable, tiene barcitos cada dos pasos, cafecitos de vereda, pubs de cerveza y buena música, muchos jóvenes. Brujas es un lugar tan distinto a Amsterdam en cuanto a su ritmo de vida, que pasar del rock and roll al vals fue algo brusco pero definitivamente necesario. Vero está enloquecida, esa boca no se cierra nunca: la mantiene abierta en una posición de “no lo puedo creer” que, bueno, no deja de ser obvio (porque a mí también me pasa) pero además es divertido.
Pasamos el día caminando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar al primer lugar adónde habíamos confesado la total desorientación. Tomamos un bote que nos llevó por los canales, recorrió buena parte de ellos y nos dio la clave para llegar hasta el minewatter. El “lago del amor” es genial, es un reducido espejo de agua, lleno de patos y de cisnes, rodeado de árboles sabiondos y frágiles. Paz continua. Silencio absoluto.
Fue genial ver caer la tarde allí.
Volvimos al hostel. Yo decidí bañarme y Vero aprovechó para sacarle un poco más de lustre al espejo. Luego, la hora de la cerveza. Bajamos con la netbook hasta el pub del hostel, intentamos en vano conectarnos a la red, pero al menos aprovechamos para escribir y seguir llenando nuestro formulario contable de cómo van las cuentas del viaje. Tomamos, una, dos, tres cervecitas y volvimos a la calle; esta vez, casi decididos a dejar pasar la hora hasta que el estómago nos recomendara sentarnos a probar bocado. Pasaron algunas horas, y el estómago llamó. Y llamó con todo, apurado y con retorcijones.
Antes, durante la tarde, Vero había visto y calado un lugar al borde de un canal. Su nombre, Punta Est, y teníamos una referencia clara: “A la altura del número 17 de la calle Langerstraat, doblamos a la derecha y voilá…”
Dicho así, suena fácil. Pero vayan ustedes y búsquense la callecita a ver si la encuentran más rápido que nosotros. El problema no fueron las tres cervecitas de antes, ni nada por el estilo. El problema fue que salimos sin mapa y las calles tienen de esta ciudad tienen la milenaria costumbre de no ser rectas; no. Curvas y contracurvas, calles secretas y cortadas diminutas, diagonales para acá, para allá, otra más que llega y aunque estemos en la plaza principal y nos ubiquemos, igual cometemos pasos en falso y agarramos para el otro lado. A todo esto, nuestros estómagos nos exigían la ingesta inmediata de algún elemento sólido… Fue duro, en serio, pero finalmente Punta Est apareció. No apareció como nosotros pensábamos, doblamos una esquina y… voilá! Ahí estaba… pero no fue tan sencillo.
Lo bueno de encontrar un lugar es que, además, esté bueno. Y Punta est nos sorprendió. Comimos unos bocaditos de muzzarella, unas tostadas con pasta de ajo y tomatitos excelentemente condimentados. Luego llegó un omelette de jamón y queso tamaño XXL, con ensaladita ad hoc. Todo bonito, todo cool, todo embrujado.
Esta mañana salimos muy temprano de la ciudad. A las siete y media el tren ya había partido para nuestro próximo destino. Ahora estamos llegando a París y acá sí, permitanlé decirles, no sé qué va a pasar con esa boca abierta de Verito. Tengo miedo de que se le caiga toda la mandíbula. Por las dudas de a ratos le sostengo con mi mano derecha la pera y me aseguro que esté ahí.
Por ahora, todo está bien.

viernes, 26 de marzo de 2010

Amsterdam en tres tiempos


Como ciudad movediza y traviesa que es, Amsterdam vive a tres tiempos. Podría decirse que el primer tiempo oscila éntrelas tres de la madrugada y las diez de la mañana. En esas horas aciagas, la ciudad duerme lo poco que puede y se acicala para lo que sigue. Hay una leve brisa que corre entre los canales y las calles cuando la noche deja de ser noche y la madrugada cobra protagonismo. En algún lugar de la ciudad, las voces ya no son gritos, son bostezos. En alguna esquina una muchedumbre se disipa y se hace neblina. En algún puente una pareja de enamorados se evapora y queda el perfume del último beso.

Amsterdam vive uno de sus tiempos en cámara lenta. Y es el único.

Por la mañana, cuando la claridad hace menos chillonas las luces de neón, o cuando las chicas del Barrio Rojo se cansan y dejan pasar a cualquiera por lo que cualquiera pueda, y hasta cuando la estación central lentamente vuelve a su ruido habitual, una Amsterdam humana, sudorosa y de carne y hueso aparece y se muestra. Cientos de proveedores llenan las calles, estacionan dónde pueden, trabajan como en el resto del mundo en un lugar que no se parece en nada nada al resto del mundo.

El segundo tiempo de Amsterdam nace luego del desayuno de los turistas. A eso de las diez, cuando empiezan a salir de los hoteles, de los hostels, los bed & breakfast, cuando salen las casas rentadas, de las piezas de alquiler, de las habitaciones flúo del Red Light District, la capital de Holanda vive su segundo tiempo.

Y es en éste tiempo que la vida que todos conocen de la ciudad lentamente vuelve a despertarse. Los bares ponen a calentar sus máquinas de café, los pubs que todavía huelen a tabaco y marihuana de hace algunas horas, abre para cocinar huevos revueltos, tocino y panes tostados. Algunos ingleses pasados todavía buscan una cerveza más, y apenas consiguen una lata a medio enfriar. La ciudad que no descansa y no deja de gritar, lanza sus primeros chillidos al promediar la tarde.

El tercer tiempo de Amsterdam es el loquero. Es la hoar de las luces y los “ven aquí, jovencitou…” al tiempo que un dedo erótico atrae hombres a las puertas del deseo. El tercer tiempo de Amsterdam es el del humo espeso, el dulce olor, el aroma prohibido, la imagen de la lujuria hecha legal. La amsterdam que todos conocen vive sus horas más agitadas cuando la noche es noche y el día una sombra en las agujas del reloj de la torre. Es en estas horas cuando gritar es comunicarse y reír la forma de alucinar.

Hay horas en las que más vale callar.

Las bicicletas convierten sus sendas en un verdadero caos de tránsito. Acá no hay bocinas sonando ni hombres insultando, hay rings rings en las esquinas, excuse me en los semáforos, sonrisas entre ciclistas. En la ciudad que vive a tres tiempos, el amarillo de los semáforos no existe.

Dejamos Amsterdam una mañana gris y ventosa. La estación sufrió un corte de luz apenas llegamos y por un instante pensamos en que nuestra actitud “unplugged” había llegado hasta la propia central eléctrica de la estación. Claro que no fue así: volvió la luz, volvió el servicio de reservas y volvió la exactitud de los europeos. Habían pasado pocos minutos de las ocho y nuestro tren, silencioso y vacío, agradable y último modelo, escapaba de la ciudad sin humor pero con un destino: Brujas, allá en Bélgica, esperaba solemne recibir ojos que nunca la habían visto.

Ella tenía magia entre sus manos para nosotros, pero eso… Eso es otra historia.