Como ciudad movediza y traviesa que es, Amsterdam vive a tres tiempos. Podría decirse que el primer tiempo oscila éntrelas tres de la madrugada y las diez de la mañana. En esas horas aciagas, la ciudad duerme lo poco que puede y se acicala para lo que sigue. Hay una leve brisa que corre entre los canales y las calles cuando la noche deja de ser noche y la madrugada cobra protagonismo. En algún lugar de la ciudad, las voces ya no son gritos, son bostezos. En alguna esquina una muchedumbre se disipa y se hace neblina. En algún puente una pareja de enamorados se evapora y queda el perfume del último beso.
Amsterdam vive uno de sus tiempos en cámara lenta. Y es el único.
Por la mañana, cuando la claridad hace menos chillonas las luces de neón, o cuando las chicas del Barrio Rojo se cansan y dejan pasar a cualquiera por lo que cualquiera pueda, y hasta cuando la estación central lentamente vuelve a su ruido habitual, una Amsterdam humana, sudorosa y de carne y hueso aparece y se muestra. Cientos de proveedores llenan las calles, estacionan dónde pueden, trabajan como en el resto del mundo en un lugar que no se parece en nada nada al resto del mundo.
El segundo tiempo de Amsterdam nace luego del desayuno de los turistas. A eso de las diez, cuando empiezan a salir de los hoteles, de los hostels, los bed & breakfast, cuando salen las casas rentadas, de las piezas de alquiler, de las habitaciones flúo del Red Light District, la capital de Holanda vive su segundo tiempo.
Y es en éste tiempo que la vida que todos conocen de la ciudad lentamente vuelve a despertarse. Los bares ponen a calentar sus máquinas de café, los pubs que todavía huelen a tabaco y marihuana de hace algunas horas, abre para cocinar huevos revueltos, tocino y panes tostados. Algunos ingleses pasados todavía buscan una cerveza más, y apenas consiguen una lata a medio enfriar. La ciudad que no descansa y no deja de gritar, lanza sus primeros chillidos al promediar la tarde.
El tercer tiempo de Amsterdam es el loquero. Es la hoar de las luces y los “ven aquí, jovencitou…” al tiempo que un dedo erótico atrae hombres a las puertas del deseo. El tercer tiempo de Amsterdam es el del humo espeso, el dulce olor, el aroma prohibido, la imagen de la lujuria hecha legal. La amsterdam que todos conocen vive sus horas más agitadas cuando la noche es noche y el día una sombra en las agujas del reloj de la torre. Es en estas horas cuando gritar es comunicarse y reír la forma de alucinar.
Hay horas en las que más vale callar.
Las bicicletas convierten sus sendas en un verdadero caos de tránsito. Acá no hay bocinas sonando ni hombres insultando, hay rings rings en las esquinas, excuse me en los semáforos, sonrisas entre ciclistas. En la ciudad que vive a tres tiempos, el amarillo de los semáforos no existe.
Dejamos Amsterdam una mañana gris y ventosa. La estación sufrió un corte de luz apenas llegamos y por un instante pensamos en que nuestra actitud “unplugged” había llegado hasta la propia central eléctrica de la estación. Claro que no fue así: volvió la luz, volvió el servicio de reservas y volvió la exactitud de los europeos. Habían pasado pocos minutos de las ocho y nuestro tren, silencioso y vacío, agradable y último modelo, escapaba de la ciudad sin humor pero con un destino: Brujas, allá en Bélgica, esperaba solemne recibir ojos que nunca la habían visto.
Ella tenía magia entre sus manos para nosotros, pero eso… Eso es otra historia.