viernes, 26 de marzo de 2010

Amsterdam en tres tiempos


Como ciudad movediza y traviesa que es, Amsterdam vive a tres tiempos. Podría decirse que el primer tiempo oscila éntrelas tres de la madrugada y las diez de la mañana. En esas horas aciagas, la ciudad duerme lo poco que puede y se acicala para lo que sigue. Hay una leve brisa que corre entre los canales y las calles cuando la noche deja de ser noche y la madrugada cobra protagonismo. En algún lugar de la ciudad, las voces ya no son gritos, son bostezos. En alguna esquina una muchedumbre se disipa y se hace neblina. En algún puente una pareja de enamorados se evapora y queda el perfume del último beso.

Amsterdam vive uno de sus tiempos en cámara lenta. Y es el único.

Por la mañana, cuando la claridad hace menos chillonas las luces de neón, o cuando las chicas del Barrio Rojo se cansan y dejan pasar a cualquiera por lo que cualquiera pueda, y hasta cuando la estación central lentamente vuelve a su ruido habitual, una Amsterdam humana, sudorosa y de carne y hueso aparece y se muestra. Cientos de proveedores llenan las calles, estacionan dónde pueden, trabajan como en el resto del mundo en un lugar que no se parece en nada nada al resto del mundo.

El segundo tiempo de Amsterdam nace luego del desayuno de los turistas. A eso de las diez, cuando empiezan a salir de los hoteles, de los hostels, los bed & breakfast, cuando salen las casas rentadas, de las piezas de alquiler, de las habitaciones flúo del Red Light District, la capital de Holanda vive su segundo tiempo.

Y es en éste tiempo que la vida que todos conocen de la ciudad lentamente vuelve a despertarse. Los bares ponen a calentar sus máquinas de café, los pubs que todavía huelen a tabaco y marihuana de hace algunas horas, abre para cocinar huevos revueltos, tocino y panes tostados. Algunos ingleses pasados todavía buscan una cerveza más, y apenas consiguen una lata a medio enfriar. La ciudad que no descansa y no deja de gritar, lanza sus primeros chillidos al promediar la tarde.

El tercer tiempo de Amsterdam es el loquero. Es la hoar de las luces y los “ven aquí, jovencitou…” al tiempo que un dedo erótico atrae hombres a las puertas del deseo. El tercer tiempo de Amsterdam es el del humo espeso, el dulce olor, el aroma prohibido, la imagen de la lujuria hecha legal. La amsterdam que todos conocen vive sus horas más agitadas cuando la noche es noche y el día una sombra en las agujas del reloj de la torre. Es en estas horas cuando gritar es comunicarse y reír la forma de alucinar.

Hay horas en las que más vale callar.

Las bicicletas convierten sus sendas en un verdadero caos de tránsito. Acá no hay bocinas sonando ni hombres insultando, hay rings rings en las esquinas, excuse me en los semáforos, sonrisas entre ciclistas. En la ciudad que vive a tres tiempos, el amarillo de los semáforos no existe.

Dejamos Amsterdam una mañana gris y ventosa. La estación sufrió un corte de luz apenas llegamos y por un instante pensamos en que nuestra actitud “unplugged” había llegado hasta la propia central eléctrica de la estación. Claro que no fue así: volvió la luz, volvió el servicio de reservas y volvió la exactitud de los europeos. Habían pasado pocos minutos de las ocho y nuestro tren, silencioso y vacío, agradable y último modelo, escapaba de la ciudad sin humor pero con un destino: Brujas, allá en Bélgica, esperaba solemne recibir ojos que nunca la habían visto.

Ella tenía magia entre sus manos para nosotros, pero eso… Eso es otra historia.

jueves, 25 de marzo de 2010

Palacios




El despertador fue implacable con nosotros: sonó a las ocho en punto. Sin embargo, nosotros fuimos clementes con nuestro sueño y seguimos hasta las nueve. En ese punto, cuando mis ojos no podían creer lo que veían, nos levantamos de la cama. Y digo increíble porque el gris plomizo del día anterior había sucumbido ante un sol alucinante, primaveral y premonitorio.

El día pintaba bien, pero Vero no. Amaneció con el estómago revuelto y una cara de cansada que un poco me espantó.

-Cuántas horas de sueño necesitás, ardilla?, le dije irónicamente para ver si la risa matinal le sentaba mejor. Pero no fue así. Preparé capuccino para los dos y puse algunas cookies sobre la mesa. Vero apenas bebió un sorbo, ni miró las galletitas.

Nos cambiamos y salimos rumbo a nuestro destino: Potsdam. Vero tomó un Sertal y yo la obligué a comer algo. Lo hizo recién cuando bajamos del tren. Dudaba acerca de qué podía ser lo mejor y la convencí con unas frutas. Le hizo bien, y me hizo bien. Su semblante cambió como quien pasa de una canal a otro. El sol estaba bien alto y ya casi era el mediodía cuando entramos con el colectivo 695 en la cuesta rumbo al Nuevo Palacio.

Antes de contarles sobre el nuevo, debería primero hablarles del “viejo palacio”, que por supuesto no se llama así sino que tiene un nombre mucho, pero mucho más atractivo: Sans Souci. Pocas cosas vi tan vivas, alucinantes y palaciegas como el complejo que conforman éste palacio, el Nuevo y los jardines y otros mini-palacios que los rodean. Federico El Grande tiene aspecto de mameluco encorsetado en todas las pinturas que vimos, pero si de algo hay que estar seguro es que es grande, Federico. Y lo digo porque pensó todo su entorno, su reino, su vida en términos majestuosos, brillantes, marmólicos, rococó.

Tuvimos mala suerte: el Sans Souci no está abierto por estos días y nuestra obsesión de pisar alguno de esos edificios no fue posible, aún a pesar de que finalmente terminamos vistando el Nuevo Palacio. ¿Pero cómo es esto, joven? ¿Entraste o no entraste? Sí, entramos… ¿Y cómo que no pisaste el palacio… qué hiciste, flotaste? Ja. No, pero fíjese usted, amigo amiga lector lectora, que para entrar al palacio es necesario ponerse pantuflas para evitar…pisarlo.


El hombrecito que nos sirvió de guía y portero del palacio nos advirtió: “antes de entrar, usen eso”, e indicó unas pantuflas talle 50 para que Vero, yo y el resto de los pocos turistas que nos acompañaban, se calzaran (con zapatillas y todo) las deslizantes pantuflas.

Las salas del palacio son espectaculares. La primera que vimos, la sala de las conchas, es un espacio de desmesura náutica. Al parecer, el tal Federico quería impresionar a todos sus huéspedes, y mandó construir el Nuevo Palacio para tal fin. Esta primera sala tiene la particularidad de mantener el tema del agua y los monstruos marinos en todas las paredes y también el techo. Pero tal vez lo más alucinante de todo es que se trajeron 250 mil conchas marinas para decorar la habitación. El mármol, obviamente, le da esa frialdad submarina tan característica de los palacios. La sala es realmente maravillosa y es la entrada ideal para un paseo obligado dentro de Potsdam. El valor del ticket de entrada ronda los 12 euros, pero se puede pagar menos si uno recuerda llevar la tarjeta de estudiante (en caso de que lo sea o aparente serlo). Es recomendable también que el día elegido para la visita sea un día como el que a nosotros nos tocó: radiante, primaveral. Es la mejor manera de ver el brillo, los colores y la magnificencia de un lugar que se ha transformado en paseo pero que fue la morada de hombres ricos, poderosos, obtusos e igualmente genios. Paradojas si las hay­.

La visita sigue por varias habitaciones de la planta baja y la planta alta del palacio. Por supuesto no están todas las habitaciones habilitadas y el guía—portero te va llevando por cada sala abriendo y cerrando la puerta con llave. No parece un ritual del hombre ni mucho menos, creo que es la manera de asegurarse que no quede nadie detrás para hacer algo que altere el orden y la belleza.

Después del recorrido, con Vero hicimos el camino inverso al de la mayoría. Tal vez porque tuvimos la prudencia de preguntar en la sala de informes de la estación de tren, de antemano sabíamos que Sans Souci estaba cerrado y que la mejor manera de recorrer los palacios era empezando por el único que podía vistiarse, y desde allí, atravesar el jardín por el “camino real” hasta finalmente toparse a la izquierda con el majestuoso “viejo palacio”.

Sans souci es fascinante, está construido en lo alto de una colina, y tiene una escalera central con pisos a los costados y jaulas por doquier. Las jaulas podrían ser de cualquier cosa, pero fueron utilizadas para decoración (aspecto que, por cierto, se puede aprecias más entrada la primavera o lógicamente, en verano…)

Previo a iniciar la escalada rumbo al palacio, una fuente circular de proporciones desproporcionadas sirve de gigantesca pecera.

Los árboles, tallados como si fueran esculturas; y las esculturas, talladas como si fueran personas, decoran y hacen alarde de la historia, pero también del mantenimiento y restauración constante del lugar. La gente respeta, no toca, no grita, no tiene actitudes de masa, son sólo personas aisladas en un lugar ajeno, lleno de vida.




Berlín, la ciudad de los tiempos


Amanecimos acobijados por una frazada blanca y reluciente. La cama es divina, la mañana no. Llueve por momentos y con una intensidad que varía dependiendo también del viento. Es domingo y la ciudad está prácticamente vacía de berlineses. Los turistas, en cambio, se cuentan de a miles en los edificios claves de la ciudad. Desayunamos con Vero en el departamento; capuccino y cookies. Buena ingesta, calor y calorías en el cuerpo. Decidimos salir temprano y enfilar directo al Reichstag. Caminamos unas cuadras por el Prenzlauer Berg (el barrio en el que estamos parando) y con el subte rápidamente llegamos a haupbhanhof, la estación central. Al llegar al Reichstag la cola salía del edificio y el agua era inclemente. Una hora de cola hasta poder entrar al parlamento. Decidimos dejarlo para más tarde y seguimos camino hasta la Puerta de Brandenburgo.


Al margen de que los edificios son alucinantes por lo que representan en sí mismos, siempre que los ojos miran por primera vez la magnífica obra del hombre, cualquiera sea, inevitablemente surge la idea de que hay demasiada historia contenida en estas murallas, en estas calles, en esta gente.

El resto del día la pasamos caminando, conociendo, batallando con el viento y la lluvia. Compramos un paraguas. Buena compra. Atravesamos el Tiergarten y aparecimos en Potsdamer Platz; de allí al Sony Center, un majestuoso centro de convenciones en el que también funciona un instituto cinematográfico, un complejo tipo imax y un local de Lego, Legoland, que en la puerta tiene una jirafa de cinco metros de altura hecha enterita de rastris, pieza a pieza.

Seguimos a pie por el centro de Berlín, conocimos el monumento al soldado soviético: imponente y triste, solemne y silencioso. Dos tanques y dos baterías antiaéreas imponen presencia y amenazan a quien quiera volver a levantar un fusil contra un ruso. Todo eso en Berlín. Me pareció algo desmesurado y, por qué no, sobrador. La guerra es la guerra y la victoria es siempre una consecuencia positiva de algo que nació anunciando muerte.

De alguna manera, Berlín oscila entre el pasado y el presente teniendo a la guerra, el dolor y la sangre como insignia y bandera. Dejamos ese memorial y pusimos pie a firme rumbo a lo que queda del muro.

Tomamos un tren y llegamos hasta una estación alejada de la ciudad. Unos pocos metros, más lluvia y allí estaba: a lo largo de unas ocho cuadras, la East Side Gallery recordaba el dolor de la separación con obras de artistas de todo el mundo. Algunas mejores, otras soberbias; todas imperdibles. Tanto a Vero como a mí nos impactó una en la que se aprecia un muro resquebrajado y hordas de gente, de rostros para ser más exactos, inundando esa hendija que separa la libertad de la opresión, el capitalismo del comunismo, el blanco del negro. Hoy, a la distancia, todo es tan gris, insípido e igualmente doloroso.

Las diferencias en la sociedad son una constante universal que el hombre no ha querido zanjar; tal vez el muro todavía está ahí, eregido, enérgico, espantando utopías, acribillando ideas, deteniendo supuestos, destinado a separar y elegir. Sí, tal vez el muro aún sigue allí.

La noche de este segundo día en Berlín adquirió la calidez y la calidad que esperábamos. Con la computadora a cuestas, encontramos un bar-casa a pocas cuadras del departamento. Allí tomamos unas cervezas deliciosas, cenamos como si una madre alemana regordeta, pálida y cálida nos hubiera cocinado. El menú de Vero era simple pero exquisito: tagliatelles verdes con una salsita amena, pequeños tomates cortados y saltados en una sartén, queso parmesano sabroso. Yo le entré a unos champignones salteados y mezclados en una salsa que parecía ser una barbacoa, pero no tan dulce y más ácida y germana de lo que creía. El plato lo completaban unas minitortillas de papa y una ensalada de tomate y lechuga.


Aprovechamos las delicias de la tecnología para conectarnos con Buenos Aires. Lindas caras, buenas vibraciones, todo precioso en el anochecer de un segundo día que terminamos con los pies cansados y con la mente en cualquier lado…


domingo, 21 de marzo de 2010

Dia 1. Buenos Aires - Berlín

Y cuando de repente el ascensor se clavó entre el noveno y el octavo piso del condenado edificio en el que vivo, mi corazón latió fuerte por primera vez en el primer día de mis vacaciones. Más tarde volvería a suceder con el beso que le di a Vero en Ezeiza, luego con el despegue y 12 horas después en el aterrizaje en Fiumicino.

Pero antes, antes tenía que salir del ascensor, a más de 11200 kilómetros del único destino al que quería llegar desde hacía más de un año: Europa.

-Ay, por Dios, estos ascensores siempre igual. Ay, me falta el aire…, dijo una señora mayor, sesentaypico y anteojos culo de botella.

-Tranquila, señora, por favor, le respondí.

-Ay, el aire…”, insistió.

Dudé. Dudé por un segundo qué era lo mejor: ¿le pego y la noqueo y espero tranquilo a que el portero me saque de este aprieto? ¿O aguanto la furia y rezo para que todo pase pronto? Decidí aguantar pero no rezar. Y como si nada, algo más traspirado y nervioso, pero igualmente feliz, diez minutos después puse mis dos pesadas mochilas en el baúl de JC.

Tengo que admitir que el hecho del viaje tiene, en sí mismo, un sentido de belleza inaudito. Vero y yo estábamos algo incómodos en el Boeing 777 de Alitalia, pero sin embargo había un mutuo agrado en esa apretada situación en la que nos encontrábamos. Convengamos: viajar en clase económica no es lo mejor. Se viaja apretado, estrecho y mal dormido. Se ve televisión en una pantallita incrustada en la parte trasera del asiento del mortal que está sentado en la fila de adelante, pero lograr la concentración deseada es al menos complicado. Igualmente vimos “Up in the air”, una película hecha a medida de su protagonista, George Clooney, un galán de aquellos.

Llegamos a Roma muy temprano en la mañana. Hicimos unas colas enormes para pasar al sector de tránsito, luego para que nos sellen el pasaporte y finalmente para abordar la conexión a Frankfurt.

Volamos a Frankfurt. Volamos divinamente en un avión pequeño, estilo jet, que llevaba no más de 80 pasajeros. Un dato interesante: desde que abordamos el primer vuelo, comimos opíparamente. El Boeing de Alitalia nos llenó con buenos platos: primero un pollo con penne a la pomarola, combinado con unas chauchas con queso y estragón que venían en un recipiente aparte, más pequeño, más divino. Por un momento recordé un juego diminuto de té que mi hermana Valeria tuvo en su infancia y que yo me encargué de romper, pieza a pieza, sistemáticamente.

Había también un pan negro fresco, del día, y abundante vino rosso. Yo tomé vino. Vero, más pura como de costumbre, se emborrachó de agua.

Pero volvamos a Frankfurt. Porque apenas aterrizamos en Fraport (Frankfurt Airport) todo lo italiano que veníamos escuchando se convirtió en alemán. Y entonces sí: dejamos de entender todo lo que hablaban a nuestro alrededor.

Nos llevaron hasta la estación de tren, a pocos minutos en micro. Averiguamos y nos pusimos felices una vez más: el tren que nos llevaba a Berlin salía en media hora. Había que correr, había que apurarse y había que sacar fotos…

Primero sacamos fotos, claro.

Debo agregar que el aeropuerto de Frankfurt es una locura. Hay un despegue y un aterrizaje por minuto. Hay aviones de todas las aerolíneas del mundo y es un mar de gente caminando y controlando y comprando y pasaporteando. Es tan grande y tan increíble y tiene tanta vida que hasta tiene su propia canción… En serio, no es joda. Ahí les adjunto el videoclip del aeropuerto. Decididamente, un tema que te vuela la cabeza!

El tren a Berlín sucedió en dos tramos; primero cojimos un tren local hasta Hannover, y luego conectamos con un tren bala de notable calidad y silencio alemán hasta la capital de Alemania.

De hecho, mientras escribo estas líneas el tren se acomoda en la terminal de Berlín. Ya casi son las cinco de la tarde y todavía nos queda encontrar Residenz Prenselberger, el lugar en el que reservamos un departamento. Pero ésa… ésa es otra historia.

PD: a propósito de los gastos que llevamos hasta ahora. Compramos una botella de agua divina a dos euros con cincuenta, trae más de medio litro y creo que la vamos a usar como cantimplora durante el resto del viaje.

jueves, 4 de marzo de 2010

Esa ciudad

Un jueves de marzo de 2008 yo era yo, pero ni estaba en "mí" y mucho menos acá. Horas atrás había dejado San Pablo y a poco estaba ya de aterrizar en Milán. Sentía el cansancio de la ansiedad previa y las horas de viaje. El avión había sido cómodo, si no hubiera sido por los 800 pasajeros restantes.
El resto, bien.
Entre bajadas y subidas, toqueteos y máquinas "detectatodo", me encontré finalmente en un tren regional de Italia, camino a Venecia, mi primera parada europea. Era, por cierto, mi debut en semejante adicción (NdR: sí, europa es una adicción). Recuerdo entonces que bajé del tren, salí de la estación, caminé dos pasos y... ¡bum! Venecia me desnucó.
Definirlo no es difícil, pero es extenso y por diversos motivos me voy a guardar los detalles para otra entrada. Lo que sí vale decir es simplemente maravilloso, o al menos lo fue para mí. Y para colmo, el agua ahí: a un metro.
Y casualmente esa instantánea, esa mismísima imagen pictórica y real a la vez, fue la que llenó de dulce locura y tremenda fascinación mi inconsciente colectivo. Y digo "colectivo" porque cuando pienso en este viaje que se viene, lo pienso de a dos. Muy diferente a lo anterior, claro está.
Así que cuando Ale, vía chat, corto y directo, me preguntó: "¿Querés ir a Venecia..?", aquellas fotos sobrevinieron de repente y me dejaron estupefacto, sin palabras, monocorde. Algo así:
-"¿Querés ir a Venecia..?"
-"Qué sí, qué sí..."
-"Y bueno... dale. Dejame que me organice...jajaja"
-"Qué sí..."
-"jajajaja..."

Quiero volver a Venecia, y quiero que Vero conozca Venecia.


Todo está por suceder

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lunes, 1 de marzo de 2010

El día. Las sorpresas. Las emociones. La segunda cuenta regresiva.

El 26 de febrero fue todo eso: un día cargado de emociones, de sorpresas, de alegrías. Empezó bien temprano con el "ring" del despertador, aunque a decir verdad, la ansiedad ya me había desvelado unos minutos antes. Estaba en casa con Marianito. Desayunamos (lo que pude, un té a medias), nos bañamos y emprendimos el viaje hacia la universidad. Claro, la joven quiso llegar con tiempo para no perderse nada y así fue: la primera en arribar a la facultad, ni los profesores había hecho su entrada. En fin! Más tarde llegaron mi hermana, Luli, Noe y Pau.

Entré a rendir a las 11.30, ya sobrepasada por los nervios y las hormiguitas en el estómago. Lo hice, hablé, me expresé y ahí quedó. Todo se hizo largo, el tiempo se convirtió en un enemigo, algo indeseable. Salí del aula y ahí la primera sorpresa: Papá y Mamá habían venido de Villa Gesell para estar conmigo en ese momento. A los dos no se les iba la sonrisa de la cara... Y mi hermana ya había desparramado algunas lágrimas. Yo no podía aflojarme, tenía una mezcla de sensaciones casi inexplicable...

El momento llegó. Después de largos minutos de incertidumbre, volví a entrar al aula y allí la noticia: FELICITACIONES, YA SON PROFESIONALES!

Todavía estaba un poco inmutable. Será que cada uno lo procesa a su manera y sobre todo cuando es algo que espera con muchas ganas, desde hace mucho tiempo. Salí, abracé a mi familia y lo llamé al más lindo de todos… Inmediatamente, Marianito me dio la segunda sorpresa del día, la que yo califiqué como “el mejor regalo desde que tengo uso de razón”: iba a ir con el Bebe Contepomi a hacerle una entrevista a Coldplay. Sí, face to face en River, horas previas al recital que también esperaba con marcada ansiedad.

Desde ese momento, todo el tiempo que antes había resultado interminable, ahora se había convertido en un desafío! Había que apurarse. Me tiraron huevos, harina, yerba (si, yerba) y mostaza… Fue emocionante! Fue el camino a la liberación y a la satisfacción personal. El fin a 7 años de estudio y el inicio de un cambio interior, una vida nueva y otras metas por delante.

Llegué a casa, me bañé y corrí al canal. En River, “the hardest part” fue transitar con la cantidad de autos que llegaban para el recital. Una vez adentro, ya estaba entregada!

Chris Martin y Jonny Buckland ingresaron al camarín donde el Bebe iba a hacerles la entrevista. Altos, rubios, flacos, ingleses y con sus ropas alusivas a la gira “Viva la Vida”. La nota duró unos 10 minutos. Apenas terminó, entramos y allí el click mágico: la FOTO! Estaba tranquila, sabía que esos escasos minutos tenía que disfrutarlos y aprovecharlos al máximo. Fue todo rápido pero intenso. Los chicos se fueron y otra vez quedé inmutable: “sí Vero, ya está, te recibiste hace apenas unas horas y recién acabás de sacarte una foto con Coldplay. No, no estás soñando. It’s fucking TRUE!”.

Ahora había que esperar a Marianito que salía de trabajar. La gente seguía llegando y las calles de Núñez estaban atestadas. Finalmente nos encontramos, nos dimos la mano y entramos.

El recital estuvo EXCELENTE. No esperaba menos… La calidad, la prolijidad y la sintonía con el público fueron memorables y sin dudas, lo que necesitaba para terminar semejante día. La primera canción fue “Life in Tecnicholor” versión instrumental y la última, la misma, pero versión vocal. Para destacar: “Viva la Vida”, “Fix You”, “Yellow” y el cover de Michael Jackson “Billy Jean”. Fueron casi 2 horas de puro Coldplay Live. Segunda vez que los vi y segunda vez que ratifiqué mi gusto y preferencia por semejante banda.

Al final de la noche, ya sentados y prestos para comer, llegó ese esperando BRINDIS. Qué día emocionante! De esos que esperas con tantas ansias que cuando llega no te das cuenta que realmente está sucediendo. But YES, it happened!

Para mí (y para nosotros) fue significativo por varias cosas que pasaré a detallar:

- Recibirme significa un gran paso hacia adelante, el cierre de una etapa larga e importante en mi vida personal y el comienzo de un nuevo desafío. Me siento adulta y con ganas de explorar otras opciones, de experimentar nuevos proyectos y de seguir creciendo profesionalmente.

- El fin de la facultad fue también el pie que necesitaba para concretar este viaje. Siempre soñé en ir a Europa una vez recibida y planear la travesía como “un antes y un después” en mi vida. Mariano también quiso eso para mí y colaboró ardua y psicológicamente para que sucediera. No había otra chance. Todo tenía que salir redondo.

- Coldplay es mi banda favorita y no me podía perder su segundo recital en el país. Pero tampoco podía perdérmelo con él. Esta vez, el show tenía otro condimento especial. Coldplay fue uno de nuestros primeros temas de conversación, allá, a principios del 2007. Lo primero que descubrimos que teníamos en común y entre otras cosas, lo que hizo que luego nuestra relación se convirtiese en una bola de nieve imparable.

- El 26 de febrero marcó la segunda cuenta regresiva para el viaje. Ahora sí no hay excusas. Tantos acontecimientos tenían que dar el punto de inflexión. Sueños cumplidos y el proyecto Europa cada vez más cerca. La próxima estación es el 12 de marzo. Ahí te espero a vos Baby.


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