miércoles, 10 de febrero de 2010

1. La idea

Fue como un rayo que lo ilumina todo en la negra y espesa llanura de la noche pampeana. Fue como una luz que se metió en mi cabeza, rotunda y firme. Fue un flash. Apenas un segundo. Un segundo, por cierto, lo suficientemente fuerte y largo para permanecer quieto y presente en la memoria. Fue como un rayo, y no tengo miedo en admitirlo.

Ese día, esa noche en que Europa se cruzó por mi cabeza, Verónica ni siquiera creía posible un destino tan vertiginoso y programado, fanático y minucioso. Acabábamos de comer y entre tanto bla bla y algunos berp berp la idea cayó así como así: viajar a Europa. Para Verito, además, el vértigo era doble: festejaría el final de su carrera y el principio de todo lo demás. Para mí… Para mí fue como sentir que naturalmente esto tenía que suceder. Simplemente, yo TENÍA que volver al viejo continente. Debía hacerlo, pero claro: no se trataba sólo de una obligación ni nada que se le pareciera. Se trataba más bien de una obediencia del destino. Una razón oculta para hacer lo que es debido.

La idea, por supuesto, no tuvo “peros”, aunque luego llegarían los “no sé”, algunos “uy, qué cagada…” y unos cuántos sutiles e impredecibles “y…”; pero eso ya es parte de otro capítulo. Otro capítulo que es parte de esto.

Con cierta tristeza, descubrí que internet no lo contaba todo. O lo contaba con retraso… La tristeza fue rápidamente relanzada en formato de solución y como si fuera un productor de sucesos imperecederos, me propuse este blog que no es ni más ni menos que la aventura de nuestro viaje, pero desde cero. Desde la noche en que ese rayo cayó, atrapó nuestros pensamientos y mágicamente se materializó.

Bienvenidos a nuestro blog, un camino seguro hacia un destino que no se oxida; sino más bien todo lo contrario.

Mariano y Vero.



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